lunes, 15 de junio de 2009

Pablo y Diego

Pablo era demasiado pequeño para casi todo. Aún así Pablo era uno de esos raros seres que, a muy pronta edad, se comportaba como un adulto. Pablo en el transcurrir de los partidos de futbol callejeros siempre procuraba ejercer de entrenador. O, si no era posible, de árbitro. Figuras, ambas, inexistentes en cualquier partido de fútbol que se precie. Ante la negativa de sus amigos, no le quedaba otra que jugar de portero. Y todos sus rivales, conocedores de su extrema madurez, sabían de antemano que no se tiraría al suelo para detener el balón ni una sola vez.

Pablo detestaba, y a regañadientes, que le peinase su madre frente al espejo. Él habría preferido lucir un aspecto más acorde a sus pensamientos. Pero mamá insistía una y otra vez en ese toque moderno tan en boga aquellos días. No hablemos ya de cuando su madre, con su propia saliva y la ayuda de un dedo, le limpiaba cualquier mancha de su rostro. A Pablo se le llevaban los demonios. Si acontecía en presencia de desconocidos la pataleta ya era de escándalo. Era, bajo esa presión externa, cuando Pablo dejaba clara su edad.

Diego, por el contrario, a la misma edad que Pablo ya apuntaba maneras de niño para el resto de su vida. Diego sumaba cicatrices y fracturas en su cuerpo todos y cada uno de los días del año. Era la imprudencia personificada. No dedicaba demasiado tiempo a pensar en las posibles consecuencias de ninguno de sus actos. Y así le lucía el pelo. Despeinado y arremolinado a partes iguales. Su peinado mostraba al mundo un terremoto de exacta magnitud al que acontecía dentro de su cabeza. Un caso clarísimo de adaptación al medio de las especies.

Diego sería el típico caso de adulto que parece gustar de reincidir en los mismos errores durante toda su vida. Ya sea por el mero placer de repetirlos, como por la imprudencia antes comentada. Jamás despuntaría en ninguna faceta durante toda su existencia, pero seguiría intentándolo de por vida. Exactamente por los mismos motivos que esgrimía para errar. Por placer. Y por imprudencia.

La vida, con sus innumerables piruetas y tirabuzones, se encargará de irles cediendo terreno. O puede que mordiéndole los tobillos. Eso el tiempo nos lo irá mostrando a su ritmo. Pablo parece tener prisa por saberlo. Diego siempre mira hacia otro lado. Han elegido caminos diferentes que, con toda certeza, conducen al mismo acantilado. Allí rendirán cuentas a quien consideren oportuno. Cuando llegue el momento, ambos, dispondrán de poco tiempo para ello. A sus espaldas una eterna sucesión de niños, con las manos cubriendo sus rostros, esperan su turno para hacer lo propio. Y la rueda sigue girando.

sábado, 6 de junio de 2009

Vayan a votar!

Vayan a votar. Dejen a un lado su timidez. Y sus prejuicios. Dejen de lado la pereza y la apatía. Y, ya que se ponen, dejen también a un lado la bulimia y la soberbia. Saquen a relucir su flamante ludopatía, porque la liebre de hierro ya da vueltas en círculo y los perros muestran a la grada la mayor de sus sonrisas. Apuesten sus monedas de cobre a su caballo ganador antes de que sea demasiado tarde. Vayan a votar, no se arrepentirán. Vayan y den lo mejor de ustedes mismos. Siéntanse útiles para esta sociedad que les mantiene encadenados. Vayan, no esperen más.

Vayan a votar. Vayan ya, no esperen al domingo. Vayan y cojan sitio para ser los primeros. No sea que se acaben las papeletas de su caballo ganador. Vayan y no teman el qué dirán. No se avergüencen si les reconoce un conocido. Vayan a jugar a la gran ruleta rusa que algunos han diseñado para usted. Los mismos que dedican su tiempo a salvaguardar su tierra. Y su persona. Los mismos que darán la cara por usted al primer contratiempo que le pueda surgir. Los suyos. Aquellos que edulcoran sus mentiras para que usted no se atragante viendo el telediario.

Vayan a votar todos los días. De lunes a domingo. Vaya antes a consultar el censo, no vaya a ser que se hayan olvidado de usted y le dejen con la miel en los labios. Vaya, y cuando nadie mire, introduzca media docena de votos en la urna. Haga estiramientos antes de ir, no le sorprenda una rampa en el último momento y se quede usted sin ejercer ese derecho universal por el que afirma haber luchado tanto. Vaya, no tenga miedo. Tan sólo vigile no llevarse una dentellada de los colmillos que asoman por la ranura de la urna. Vaya y diviértase.

Vaya a votar y luego compre el pan. Vaya y vuelva a casa con la sonrisa que sólo sabe lucir el ciudadano ejemplar que todos llevamos dentro. Vaya y deje atado el perrito en la puerta y así mata doce pájaros de un tiro. Salga de casa con el sobre en la mano y su brazo derecho erguido. Salga de casa con la papela entre los dientes y siéntase identificado y controlado en todo momento. No vaya a ser que le entre a usted unos de esos malos ratos que todos pasamos y le dé una patada a la primera papelera que se encuentre a su paso. Vaya a votar, joder. Que un día es un día.

Vaya a votar y así podrá quejarse a partir del día siguiente de cómo funciona todo. Vaya, santígüese e introduzca el sobre en la urna. Por ese orden a poder ser. Que no sería usted ni el primero ni el último que arroja el sobre, embutido de todas sus esperanzas, a la papelera que algún desalmado ha pateado hasta la extenuación. Vaya a votar, dese usted el gustazo. Vaya y dígale a sus domadores que pueden contar con usted. Vaya y atraviese el aro envuelto en llamas en cuanto oiga el ‘hop!’. Vaya a votar. Desahóguese usted. Vaya a votar. Eso sí, luego no nos venga lloriqueando con los bolsillos vacíos. No nos venga con esas mierdas. Que de eso, nosotros, andamos más que servidos.

martes, 2 de junio de 2009

Oficina de Objetos Perdidos

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un reloj para medir mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en ti. Porque no confío en ti. Porque tu forma de medir el tiempo no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La elasticidad de tus horas siempre la escupiste en mi contra. Cuando las quise eternas, no las vi pasar. Cuando las quise muertas, nunca tuvieron final.

Y ahora, sin tu consuelo, vivo mucho más feliz. Ahora, sin las dos agujas y sin tu corona, procuro medirlo todo sobre mi piel. Ahora, ni ayer ni mañana, siento que todo me pertenece un poquito más. Y siento, sobre todo, que pertenezco a cuanto me rodea un poquito más. Ahora las cosas se mecen con la calma, o el ajetreo, que marca mi baraja y todas sus trampas. Ahora, y ojalá dure para siempre, me encuentro mejor. Ahora voy, y vengo, sin guardar en mi cajita de terciopelo rojo borgogna el tiempo que perdí.

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un metro para medir mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en ti. Porque no confío en ti. Porque tu forma de medir el espacio no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La elasticidad de tus milímetros siempre la escupiste en mi contra. Cuando los quise escasos, no cupieron en mi boca. Cuando los quise lejos, los anclaste a mis pies.

Y ahora, sin esos malditos mapas, me siento cerca de todo. Ahora me siento seguro del suelo sobre el que piso. Ahora ya no temo que el cielo se desquebraje y caiga sobre mi cabeza. Ahora todo da vueltas en este tiovivo que duerme a mis pies. Ahora me siento cerca y lejos de ti, dependiendo de la inclinación de mi sombra. Se alarga a mediodía, hasta rozar de nuevo tu piel. Y se encoge, al llegar la noche, para guardar en mi bolsillo izquierdo todos y cada uno de tus secretos. Ahora voy, y vengo, sin guardar en mi cajita de terciopelo rojo borgogna los pasos que no di.

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un espejo para observar mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en mí. Porque no confío en mí. Porque tu forma de mostrar la realidad no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La absurda crueldad de tu realidad siempre la escupiste en mi contra. Cuando me quise ver, no te busqué jamás. Cuando me quise esconder mostraste, a ese mundo de mierda, todo cuanto oculté.

Paraísos Prometidos

Le prometieron todo lo que durante toda su vida fue incapaz de imaginar siquiera. Le prometieron la más fresca de las frutas, y un colchón donde dormir. Le prometieron las sonrisas que los poderosos le robaron al nacer. La suya propia y la de toda su familia. Le prometieron satisfacer la venganza de todos cuantos murieron en el intento. Y el reconocimiento de su pueblo. Le prometieron un sinfín de vírgenes con los brazos abiertos. Y con las piernas abiertas. Le prometieron todo el placer que le arrancaron al nacer con aquel primer llanto infestado de ríos de petróleo y el aroma del napalm. Le prometieron un paraíso cuando su misión se cumpliese. Le prometieron que, con su muerte, florecerían todas las flores que hasta el momento dormían bajo los escombros y la metralla. Le prometieron que si enfundaba su frágil cuerpo con dinamita alcanzaría ese ansiado paraíso.

Le prometieron el fin de sus problemas, y el de todos aquellos a los que amaba. Le prometieron saciar su sed en aquel riachuelo que su abuelo, poco antes de morir, le aseguraba era el más cristalino de todos. Mientras enganchaban cientos de trozos de metralla y dinamita sobre su cuerpo, él ya sólo cerraba sus dos ojos con fuerza para ver su paraíso. Mientras todo el mundo le gritaba la dirección indicada para llegar a su edén, él ya no escuchaba más que sus propios latidos del corazón. Le prometieron un paraíso, y por eso entró en aquel cuartel que los asesinos habían construido junto a su casa. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.

Le prometieron que obtendría, todos y cada uno de los días de su vida, el montante total de sus deseo. Le prometieron, incluso, el montante total de todos sus absurdos caprichos. Le prometieron un sudor que justificaría sus logros. Y le prometieron también un agujero en el suelo en el que dormir plácidamente. Le prometieron que las estrellas velarían por sus sueños, y que ellas se encargarían de hacer desaparecer al día siguiente todos sus remordimientos. Que no quedaría ni rastro de ellos entre las arrugas de sus sábanas de seda. Le prometieron un mundo justo en el cual podría prosperar y obtener todos los frutos que desease. Le prometieron un paraíso presente en el que pasear sin fronteras ni temores. Le prometieron un paraíso en el cual no hubiese lugar alguno para los desheredados del mañana. Le prometieron un televisor, que crecería de tamaño cada día, para engullir todas las miserias que su propio paraíso engendrase en su interior.

Le prometieron un paraíso para sus seres queridos y por eso enfundó tres continentes con dinamita. Le prometieron ser feliz y por eso optó por cerrar los ojos antes las injusticias necesarias para sostener su bienestar. Le prometieron un paraíso, y dos manos para tapar sus oídos cuando cuatrocientos millones de niños esclavos llorasen. Le prometieron un paraíso, y por eso ahora su dedo reposa sobre un botón que hará volar por los aires, como cada amanecer de cada nuevo día, cientos de vidas inocentes. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.

Ese paraíso de mentira que dices disfrutar te ha convertido en un terrorista potencial. No defraudes jamás a los señores de la guerra. Sin ellos jamás ocuparás el lugar que mereces en ese (maldito) paraíso prometido con el que sueñas (cuando no duermes).

viernes, 15 de mayo de 2009

Mentiras

A contraluz, como llegan a este mundo todas las cosas buenas, llegaste tú. Cuando nadie daba un duro por nadie, y cuando volver a empezar parecía infinitamente más sencillo que reparar todos los daños. Apareciste justo en medio del camino, y la arena del reloj dejó de gotear. De la misma exacta manera que deja de producir saliva una boca, cuando el avión que viene a bombardear a tu pueblo abre su vientre y muestra sus entrañas. Su tripa llena de las bombas que alguien creyó que eran la mejor de las opciones posibles, en pos de un futuro y nuevo amanecer para ti y para todos los tuyos. Sonríe.

Supongo que desaparecerás de igual forma. Mientras los niños duerman. También supongo que si hubieses nacido serpiente habrías perdido tu diente mortal a muy pronta edad. Y, a modo de sucedáneo, escupirías tu veneno en todas direcciones hasta quedarte completamente sola en toda tu jungla. Llegaste a contraluz, y ahora todo parece un deja-vu que, por repetitivo y predecible, ni sorprende ni divierte. Ni tan siquiera sé quién eres. Ni pienso dedicar ni uno de esos granitos de arena a descubrirlo. Porque no es asunto mío. Porque los días, mi vida, yo los pinto y los destiño sin pensar en las posibles consecuencias. Porque los días, mi vida, yo ya los tengo todos invertidos en un mañana sin prisas. En un presente marchito que, como las heridas, sé que es bueno para mí y sé que me está curando por dentro porque me escuece como el mismísimo Infierno.

Ya no sé cómo decirte las cosas. No espero ni que las entiendas, ni que me ayudes a tejerlas. Me conformo con decirlas para limpiar mi conciencia. Limpiarla a ostias como si fuese una puta alfombra. Soltar un poco de lastre, y otro poco de amarre, para intentar conciliar el sueño un par de horitas. Por conciliar alguna cosa. Porque contigo ya ni lo intento. Contigo prefiero ir a la deriva. Prefiero mecerme entre las olas de lo previsible y lo habitual. Prefiero colocar un vaso entre mi oído y la pared y disfrutar de la amena charla de tus vecinos. De cientos de horas vacías e inocuas. Como el veneno de tu boca. Como ese diente que perdiste, nadie supo jamás dónde, y que tú siempre dijiste que nunca sirvió para nada.

Vuelve a sonar ese tic-tac que lo cubre todo. Afina el oído, mi vida. Que la Parca ha sacado billete, tan sólo de ida, hacia Ciudad Paraíso. Recoge tus cosas con calma. Que la prisa jamás fue buena compañera en tus juegos de cama. Yo esperaré donde siempre. Me esconderé por si acaso. No vayamos a perder esta partida, que siempre empezamos ganando, por un despiste de nada. No tengas miedo, mi vida. No llores más. Que mañana será otro día. Y el de hoy todo han sido, como siempre, mentiras.

martes, 5 de mayo de 2009

He perdido otro tren...

Hoy he vuelto a perder el tren. Han sido dos, para ser exactos. Y en ninguno de los dos casos he pretendido correr. Hoy he preferido vagar por los andenes, que escupen pasajeros hacia la calle, a contracorriente. Hoy ha sido otro día cualquiera, en una ciudad de mierda, que sigue jugando a mostrar sus colmillos disfrazados de dulces caricias. Hoy no he querido correr, para ir a ninguna parte. Hoy me he sentado a esperarte, en ese banco del mismo andén, por si la suerte venía a buscarme. Hoy he dejado pasar vagones, y trenes, y gentes, y tiempo. Hoy he recordado tus besos. Tus ojos. Tus gestos.

Hay días en los que el ocio lo preside todo. Y esos son los días que pinto en mi calendario. Hoy duermo mis codos a cada lado de un quinto dorado. Y escupo mis charlas a gentes sin rostro que ya he olvidado. Me refugio en cualquier rincón de Ciudad Monstruo para esconderme del viento. Me escondo de todos menos de mí. Me rindo, y la guerra aún no ha acabado. Me rindo porque esta guerra no es para mí. Porque no entiendo de sus batallas. Porque prefiero vivir. Aunque sea sin ti. Aunque sea sin mí.

He bajado todos los peldaños de esta espiral de caracol. Y, justo en el fondo de mi abismo, te he vuelto a encontrar. En el mismo banco del mismo andén. En el mismo vagón del mismo tren que he preferido perder. Con el mismo traqueteo de las mismas ruedas sobre las mismas vías. Con el mismo vaivén de pasajeros sin rostro que, ambos dos, fingimos no ver. Otra vez a solas. Y otra vez en silencio. Otra vez esos malditos sueños que martillean mi mente y que no intento ni comprender.

¿Por qué no te vas de mi lado? ¿Por qué no te alejas de mí? ¿Por qué esta mierda de ciudad que me aterroriza nunca duerme? ¿Por qué los trenes ya no nos interesan? ¿Por qué ese maldito letrero que indica la salida miente una y otra vez? ¿Y por qué ya nadie se ruboriza? ¿Por qué tú prefieres volver? Si ya no merece la pena. Si no queda nada de ayer. Si hoy sólo vuelan cenizas en ese túnel de noche, que nos espera a derecha e izquierda, y que jamás coincidimos en cual de ambos caminos deberíamos decidirnos a coger.

jueves, 23 de abril de 2009

A escondidas...

Siento decirte, como siempre a escondidas, que te pierdes lo mejor de las cosas. Y siempre es por mi culpa, porque todo lo hago a escondidas. Cuando tú no me miras. No es exactamente por miedo, ni por cobardía. Es mi manera de hacer. Espero a que bajes los ojos para mirarte por dentro. Espero a que nadie me vea para mis juegos secretos. Y ha sido así desde que era pequeño. No es que me sienta culpable, es que me siento mejor. Es que me gusta marcar el ritmo que no tengo.

Te he visto, millones de veces, en cualquier barra de cualquier bar. Al pasar a tu lado he intentado perderme entre el aroma de tu perfume. Nunca te he dicho nada. Porque nunca me ha interesado. Me he tomado mi café con hielo a palmo y medio de tu regazo. Cuando te he visto despistada, te he mirado. Y cuando me estabas mirando me hacía el interesante y, si seguías mirando, acercaba mi mechero a otro maldito cigarro. Recuerdo el sonido de tu risa, recuerdo también con frecuencia tu desparpajo. Y ese acento en tu hablar, tan cerrado. Recuerdo poco si te soy sincero. Lo justo. Me bastan un par de datos.

Siempre me ha gustado tu caminar. Verte llegar despeinada. Y he contemplado, hipnotizado, como te bastan dos tirones y un lápiz para tejer el moño más perfecto con tus cabellos. Ocurre en cuestión de segundos, por eso las más de las veces me lo he perdido. Porque ese ritmo que te sucede, yo sería incapaz de seguirlo. Por eso vuelvo a fumar, y espero tu llegada de nuevo a cualquiera de los taburetes que me rodean. Por eso vuelvo a esperar el repicar de tus tacones entrando en cualquier bar, en cualquier sitio y en cualquier momento. Que nuestras citas no entienden de cifras concretas. Que nuestras citas, preciosa, las trajo y se las llevará el viento.
Si esta noche te veo, y vuelves a pedirme fuego, volveré a rozar con los míos tus dedos.


Considero que has de pagar ese impuesto. Espero no te moleste. Pero no soy capaz, y creo que no me apetece, pasar de nivel en tus juegos. Prefiero la placidez de volver a entrar en mi coche y saborear tu recuerdo. Prefiero esperar a mañana para volver a empezar. Porque no quiero que mueran tus mariposas de trapo. Porque no quiero dejar escapar la oportunidad, preciosa como tus ojos, de algún día decirte algo. Además, tu aliento ya me roba el sueño. Y, tantos cafés hoy, si quiero dormir un ratito no me parecen lo más adecuado.

Así pues, te espero mañana donde siempre. Tú sabes que es en ningún lado. Te espero mañana escondido tras doce bocanadas de humo. Sí, como siempre, a tu lado. Te espero mañana para volver a lanzar mi dado sobre la barra de cualquier bar, que es de aluminio barato y sueña con ser lingote de plata. Y espero que salga un siete, en mi maldito dado de seis caras. Ese día me acercaré a ti, y te haré saber que llevo tiempo esperando. Que llevo tiempo mirando cuando no miras. Que llevo tiempo tejiendo mentiras. Que me muero por dormirte entre mis brazos. A cualquier hora, de cualquier día.

jueves, 16 de abril de 2009

El Cerdo

Sabe el cerdo, por más que se empeñe en disimular, que vive y dedica todo su tiempo a encadenarnos. Sabe que fingiendo su complicidad se convierte en nuestro peor enemigo. Y sabe, también, que poco le importa ese estúpido detalle. Sabe que cuenta con nuestro silencio sin tener que ceder nada a cambio. Sabe que el miedo nos atenaza por dentro y que, difícilmente, nos rebelaremos ni contra él ni contra nadie. Sabe el cerdo lo que se trae entre manos. Y tú también lo sabes.

Sabe el cerdo espiarte a escondidas. Sabe aprovecharse de ti. Sabe poner en tus manos las responsabilidades que no tienes y que te cueste dormir. Sabe hacerte sentir importante. Sabe qué hacer de ti. Sabe hasta solventar los problemas que no tienes. Sabe solucionarte toda la mierda que él genera por ti. Sabe bombardear la casa que dices tener. Sabe sembrar todo su odio en una tierra que jamás sentiste tuya propia. Sabe matar y, desde muy pequeño, tú aprendiste a morir.

Sabe el cerdo que tiene de su parte a todos los ejércitos. Y sabe que sus perros guardianes están de su parte. Sabe que guarda en sus bolsillos ese sucio montón de dinero que puede convertir a cualquier rebelde en aliado. Y sabe, no te quepa la menor duda, que de un solo tijeretazo convertirá tu vida en ruina. Sabe reír a escondidas. También sabe cómo acabar con tus sueños. Sabe todas y cada una de las mentiras que engulles, entre migaja y migaja, sin reparar en los hechos.

Sabe el cerdo que todo va bien. Sabe que, por mucho que te preocupes, no hay nada que debas temer. Porque sabe que dispone de todo tu tiempo. Y porque sabe que si un día no te arrodillas a su paso, sabrá convencerte. Sabe darte todo lo que no necesitas para que sigas callado. Para que sigas jugando en una ruleta cargada de dobles ceros. Sabe ponerte a barrer. Sabe abrazarte, y que parezca sincero. Sabe ser tu angelito, y tu diablo. Y sabe hacer que, en un segundo, ese mundo de mierda que tanto valoras se venga abajo.

Sabe el cerdo, faltaría más, violarte cada una de las noches en las que dure tu sueño. Sabe sacar lo peor de ti en cada momento. Sabe, por saber que no quede, qué hacer con todo a lo que tú llamas basura. Sabe robarte de noche y de día. Sabe tu nombre y cada detalle de mierda que acontece en tu mierda de vida. Sabe cómo conseguir que valores sufrir. Sabe convencerte de que todo depende de ti. Sabe las mil maneras que existen de que creas que todo sigue igual, cuando una palabra como “todo” jamás serás capaz de entenderla.

jueves, 9 de abril de 2009

Cuando sea mayor...

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el que esconda los tesoros que no encuentro. O el medicamento caducado con el que cortan la mierda. Quiero ser el trocito de suelo que jamás he pisado, o el trocito de mar que no se cansa de dibujar olas aún cuando el viento es escaso. Quiero ser un chorrito de alcohol en tu boca. Y el trocito de papel arrugado que te escondieron en tu bolsillo cuando tu madre te hacía dos trenzas. Quiero ser otro día de lluvia. O una mañana de mayo. Quiero ser un juguete roto en manos de una niña sin prisa.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el botón de apagado de un despertador dormido. Quiero ser el filo de la navaja con la que rasuras tu sexo. Quiero ser el dolor que hoy no siento. Quiero ser el asiento del autobús que coges cada día a la misma hora en el mismo sitio. Quiero ser el espejo que nunca te muestra lo que no quieres ver. Quiero ser la almohada que, cada mañana, aparece tirada a los pies de tu cama. Quiero ser las migajas de tu cena que bendicen tu salón cada mañana soleada de domingo. Quiero ser un billete arrugado en un bolsillo agujereado.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser un elefante marino perdido en la selva. Quiero ser un ejecutivo agresivo que quema sus noches frente a una tragaperras de mierda. Quiero ser el cordero que huele el matadero cuando el camionero para a tomarse un café a medio camino. Quiero ser el reloj de fichar de una empresa cerrada por quiebra. Quiero ser un vasito de plástico lleno hasta la mitad de metadona y zumo de naranja barato. Quiero ser cualquiera de las baldosas de la sala de espera de un hospital. Quiero ser la sardina que duerme calmada dentro de una lata.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el pastor que cree que sus perritos le obedecen siempre. Quiero ser el silbido que te hace girar en la calle. Quiero ser el cono que esquivas en la autovía un domingo a media tarde. Quiero ser otra cosa. Quiero ser diferente. Quiero ser el reloj de un preso. Quiero ser el poder del dinero. Quiero ser las alas de un águila que baja en picado a por su ración de comida. Quiero ser las manos del estrangulador de Boston. Quiero ser el penúltimo en la sucesión de tu corona. Quiero ser de otro mundo. Quiero ser barbecho.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser marioneta. Quiero ser el olor del pan recién hecho. Quiero ser el crepitar de la leña a mediados de enero. Quiero ser la primera ralla de un sábado cualquiera. Quiero ser la grapa que no cierra bien y que desparrama por el suelo todos tus renglones. Quiero ser la manga que te sobra cuando el Sol aparece sin previo aviso. Quiero ser el remite de la carta que siempre te hace sonreír. Quiero ser un brazo de gitano en manos de un diabético. Quiero ser el camino que ya nunca coges por si acaso es de vuelta.

sábado, 4 de abril de 2009

Trozos que no se pueden pegar

Con la única ayuda del rastro que deja la tinta sobre un folio en blanco, pongo fin a un triste día. Un día de esos, a los que hay que apagar el despertador para que duerman un rato más, uno de esos días, en el que los techos apenas levantan un palmo del suelo, y los charcos le llegan a uno hasta al cuello. Un día de los que amanecen heridos de muerte con el primer rayo de sol. Un día de los que ves escapar a toda prisa con su botín bajo el brazo. Un día de esos en los que te avergüenzas, por el simple hecho de haber reconocido tu voz al otro lado del teléfono. Un día, de los que necesitas pegar la cabeza a la ventanilla, y ver como todo queda atrás rápidamente. Un día de esos, en los que sale caro interpretar las miradas de tu alrededor, un mal día para llegar a casa con los objetivos incumplidos, un mal día para intentar arreglar los juguetes rotos.

Pero este día, también tiene fin y a la mañana siguiente, mientras tú duermes, será otro el que impaciente estará esperándote para cogerte de la mano. Será otro el que solape mis errores con los suyos propios, será otro el que te susurre al oído que todo va a cambiar. Entonces, no quedará más que subirse a la cuerda del trapecista e intentar llegar al otro lado. No quedará otra, que agarrarse fuerte a la conciencia y desprenderse de lo más querido.

Con la potestad que me da disponer de saldo en el móvil, hago esta última llamada de despedida. Suplico que no condenéis a mis espaldas, lo que habéis sido incapaces de reprocharme a la cara. Os pido que borréis todas las huellas que me inculpan en este desgraciado crimen, que recortéis todas las fotos en las que salgo sonriendo y que impugnéis mi corazón y luego, lo metáis a trozos en las urnas. Dejad los restos a los demás, ellos saben lo que tienen que hacer, porque es lo único que siempre han querido de mí.

Dad de comer mis consejos a los niños que corren por las calles, balbucead una y otra vez el nombre de ella, hasta que las palabras os quemen en la boca. Leed los ojos del vecino y preguntadle, si quiere revolver vuestra bolsa de basura un día más. Pintad en las paredes los árboles que os han robado, forzad las puertas de los parques y llevaos los únicos momentos de felicidad a casa.

Y al final, espero que como siempre ocurre, quede todo diluido, todo bajo una espesa capa de lodo sobre la que construir una leyenda más. Espero, que la autoridad competente sepa romper la urna de un mazazo. Que queden todos los trozos tirados encima de la mesa sin que nadie pueda jamás pegarlos.

jueves, 26 de marzo de 2009

Vicios

Podría pasarme todas las horas que le he robado al reloj haciendo mil piruetas. Y dando docenas y docenas de volteretas entre cada renglón de mi existencia. Podría esconderme ahora mismo y nadie me encontraría antes de la hora del aperitivo. Podría llamar a alguien, elegido al azar dentro de la agenda de mi teléfono, y esperar a oír su voz para colgar. Creo que podría ubicar en el tiempo cada uno de mis recuerdos, uniéndolos a una cifra de un calendario, en base a mis adicciones. Puede que con todos los vicios a los que he guardado fidelidad, y que me han otorgado su dulce reciprocidad, me baste para iniciar y finalizar cada voltereta de mi existencia.

Acaricio, cada uno de mis vicios,
como si el mañana me esperase en un columpio.
Como si fueran tesoros que un tren, llamado destino,
disfrazase de luz y deseo.

Enciendo y apago una luz,
igual que el faro que grita en silencio sus noches.
Me faltan dedos para contar mis pecados,
me faltan bolsillos para mis manos, y me sobran las voces que juzgan mis actos.

Amante voraz de vicios, drogas, adicciones y placeres.
Esquivo miradas, reproches, castigos y a ti.
Me pierdo buscando un neón que me indique donde se esconde el siguiente escalón.
Y bendigo el crujido que siempre salta desde mi cartera hasta el fondo de mi sinrazón.

Soy, y mantengo erguida mi cabeza,
reincidente en todos y cada uno de mis vicios por pura naturaleza.
De los placeres dulces, por el puro placer de sentirme culpable de antemano.
De los placeres dulces, y de los amargos por si acaso.

jueves, 19 de marzo de 2009

¿Estás ahí?

Tuvo que ser, obligatoriamente, pasada la medianoche. De lo contrario lo recordaría todo perfectamente. Y no es así. Todo forma parte de una laguna en la que hace lustros no se pone el Sol. Todo forma parte de un montón de recuerdos que, por motivos obvios, no he podido almacenar en mi cerebro. O donde quiera que se almacenen los recuerdos. Que bien pudiera ser un cerebro o un bolsillo. Que, ambos dos, tienen la misma función.

Sea como fuere, me retorcí entre las arrugas de mis sábanas. Y sentí como me desgarraban la piel con cada uno de mis movimientos. Se llenó mi cama de reproches, perdones no perdonados, arrepentimientos, lágrimas, remordimientos y olvido. Y pasé las horas agarrado con fuerza con mis dos manos a mi sábana. Y con los dedos de los pies encogidos. Fuera de mi cama tan sólo quedaron mis zapatillas y el zumbido de la radio escondido tras un par de escupitajos de noticias que no me interesan.

Y cada vez que cerraba mis ojos, se abrían mis miedos. Y cada vez que cerraba mis miedos, mis ojos se abrían buscando una salida que, mucho me temo, no deja de ser una entrada más de este laberinto sin fin. Y, con la guerra perdida de antemano, no tuve mejor opción que levantarme a prepararme otro café. Y lo que tenga que llegar, llegará. Y, cuando llegue, que se ponga a bailar junto al cascabeleo de la cucharilla que ha nacido para disolver terrones de azúcar.
Sorbí mi café, mezclándolo con bocanadas de nicotina, apoyado sobre una de las muchas paredes que pueblan mi casa. Cuando una casa es tan grande, uno nunca sabe dónde situarse. Cuando una casa es tan grande, uno desearía descansar un rato en la confortabilidad de un ataúd. Aunque tan sólo fuera para no tener que reptar de un lado a otro buscando la baldosa más cómoda. Aunque tan sólo fuera por reconocerse en cada pliegue de cemento. Aunque tan sólo fuera un ratito de nada.

Tras una semana espléndida bajo un Sol que ya casi no recordaba, ahora el tiovivo se ha encargado de llevarme de paseo. De cogerme de su mano de acero y regalarme esa cadencia de la que creía haber escapado. Tras una semana de sonrisas, mis calles se han vuelto a pintar de color sepia. Y ahora, de nuevo, vuelvo a sentir la incapacidad de frenar mis pensamientos. Nunca he sabido, y creo nunca aprenderé. Me cuesta horrores desconectarme, y ya lo he probado todo. Creo.

Hoy he vuelto a pasear por el bosque chutando todo lo que encontraba a mi paso. Hoy he vuelto a casa con mis dos manos en mis dos bolsillos, y con esa terrible sensación de estar preparado para todo en un lugar en el que jamás pasa nada. Un lugar en el que lo poco que sucede se convierte en extraordinario. Pero no lo es. Un lugar, que no me va a quedar otro remedio, que labrar con mis propias manos. Y hoy me duelen. Me duelen por dentro y por fuera.

jueves, 12 de marzo de 2009

Flores, un Sol y cigarros

Vuelve a lucir el Sol al otro lado de mis ventanales. Poco a poco voy consiguiendo que mi camarera habitual vaya comprendiendo que atrás dejo mis días de carajillos. Ella sigue sin tener el hielo de mi café preparado. Pero supongo que en un par de semanas estará perfectamente aleccionada para servirme uno sin rechistar. Vuelven mis días de sosiego con las mangas subidas, no vaya a ser que luego refresque y me deje fuera de lugar mi vestimenta. Vuelven a mi lado los días que un calendario estúpido se empeñó en pintar de negro, cuando son tan rojos como mi Sol.

Mis vecinas insisten en que se está mucho mejor en la calle que en casa. Y yo, hoy, no pienso contradecirlas. Sería un imbécil si lo hiciese. Llevo ya casi cuarenta años ejerciendo de perro callejero, y hoy no voy a hacer una excepción. Paseo por las cuatro arterias escasas que dibujan en mi pueblo una malla tan sólo visible desde el cielo. Paseo sin ton ni son, procurando escoger los rincones más soleados. Procuro esquivar ese campanario que tan sólo sabe dibujar sombras alargadas sobre el suelo. Y, cuando consigo darle esquinazo, me siento sobre un muro de piedra para fumarme otro cigarro.

No suelo pensar en nada concreto. Tampoco suelo conservar por demasiado tiempo ese reguero de pensamientos inconexos. Me basta con poder disponer de esos tazones de tiempo soleados. Es más que suficiente para que cuelgue de mis labios una sonrisa perenne. El bosque va dejando a sus espaldas el óxido y, poco a poco, se va tiñendo todo de verde de nuevo. Justo en estos momentos recuerdo el enorme valor que le daba alguien a un ramo de flores. Lo poco que le importaba sostener entre sus dedos un puñado de flores inertes. Y lo poco que le importaba ser consciente de lo efímero de aquel momento. A mí, por el contrario, me importaban más las flores que su felicidad. Eso jamás se lo dije. Por eso, ella, supongo que sigue esperando la llegada a sus dedos de ese ramo de flores. Yo, por el contrario, espero que ella sea feliz. Lo merece tanto como las flores que nunca le llevé.

Sería de necios ceñir mi tiempo aquí sentado a lo que tarda en consumirse un cigarro. Y con el segundo pienso en que yo, en esta vida tan gris, he trabajado bien poco. Que sumando los años que he estado secuestrado, no contaríamos más de quince. Que, por un lado, me parecen muchos; y que, por otro, se los regalo. Que tan sólo espero no tener que volver a ejercer de esclavo. Que me he ido demasiado lejos como para volver a despertar para cumplir un horario que no me pertenece. Que, si no os importa, me voy a fumar, aquí y ahora, otro cigarro.

viernes, 27 de febrero de 2009

Se despistó un almendro...

Elevó sus ramas a escasos metros del suelo tu almendro. Abrió sus yemas para mostrar sus encantos al Sol. Se despistó tu almendro. Y, cuando se lo conté a mis almendros, inundaron mis valles con sus carcajadas. Y lloraron lágrimas pegajosas de resina. Se despistó un almendro y mostró sus encantos prematuramente. Alguien, durante su invierno, le marcó las cartas. Y ahora muestra todos sus encantos fuera de temporada. Le regalaron los oídos con una primavera que no acude jamás a su cita antes de tiempo. Se despistó tu almendro y para él ya es tarde cuando, para el resto, sus primaveras están por llegar.

Enjaularon a tu almendro con paredes de hormigón hace ya mucho tiempo. Y ahora muestra y esconde sus flores sin saber que se cuece al otro lado de sus barrotes. Engañaron a tu almendro, y él os tiene a todos engañados. Afiláis las pupilas cuando pasáis a su vera, pero tu almendro os miente y el invierno aún muestra sus colmillos afilados al otro lado de la jaula.

Poco se puede esperar en Ciudad Monstruo a estas alturas. Poco se puede esperar de unas tierras que han perdido su rumbo. Y, por extensión, de un almendro que ha perdido sus frutos. Alquitranaron nuestras mañanas para acercarnos al miedo. Para llevarnos, todos en fila, a donde no queremos ir cuando nos despertamos. Pero jamás despertamos. Ni despertaremos. Podrían arrancarnos los ojos y poner en su lugar sus almendras de mentira, y todo seguiría inmerso en la misma rutina.

Se despistó tu almendro, Niña. Jugó a dibujar primaveras de cartón piedra que las lluvias de febrero convirtieron en llantos. Jugó con el tiempo y, eso, ya sabes que es lo más sagrado. Ahora el invierno muestra sus fauces violento. Como siempre. Y, durante sus noches, tu almendro llora por dentro. Esconde sus flores marchitas del viento. Esconde toda su belleza por miedo.

Mañana, Niña, acaricia ese almendro. Apoya tus manos sobre su corteza, dale consuelo. Que todo es tan gris ahí afuera. Que todo es cemento. Todo tan muerto. Dile que mis almendros le añoran. Dile que aquí sigue anclado el invierno. Pero que en pocas lunas florecerán de nuevo. Dile que cuando vuelvan sus miedos busque cobijo en sus cielos. Que muestre orgulloso su error a esta mierda de pueblo. Que grite durante la noche que le cuesta respirar este aire viciado sin dueño. Dile que dicen mis almendros que huya de Ciudad Monstruo. Dile que tanto alquitrán y tanto cemento son demasiados lastres. Se despistó tu almendro. Se despistó este mundo tan necio.

domingo, 22 de febrero de 2009

Tribulaciones (sin más)

Tapé mis dos ojos con mis dos manos más de cien veces. Y los abrí cien veces más para asegurarme de que ya no danzabas a mi alrededor. Que cuesta Dios y horrores deshacerse del pasado como para pedir otro menú. Que hay veces, las muchas, que sobra una cucharada de más. Que si la suerte se alimenta de nuestras acciones hoy no dormiré una horita más. Y, por si las moscas, saldré a pasear por las cuatro calles que yacen a mis pies. Y no miraré atrás. Porque no las tengo todas. Y hay sombras en esta vida que mejor no pisar. Que siempre nos gustaron más los charcos. Y las noches al fresco. Y los trocitos de papel de plata.

Nunca me he acostumbrado a llevar en el bolsillo una libretita para apuntar mis cosas. Y la he echado de menos cientos de veces. Y ahora vienes tú y pretendes haga las cosas como Dios manda. Precisamente yo, que no he rezado ni un maldito salmo en mi maldita vida. Precisamente yo que tan sólo comparto, con esos angelitos de mierda a los que tú pides respuestas, un par de tragos de vino. No pidas peras al olmo. Ni créditos a ese banco de mentiras. Que apretarán el nudo de tu soga hasta que dejes de patalear. Que a esos yo me los conozco muy bien. En cambio a ti no te conozco de nada. Y, visto lo visto hasta ahora, ni te conozco ni ganas.

Te he visto venir tantas veces que ya no sé qué decirte. Que no quiero tantas caricias cuando escondes entre tus manos tanta desidia. Que de maldad yo voy ya servido. Que qué me vas a contar. Que siempre es la misma historia. Que sí, que vale, que bueno. Pero que a mí me dejes en paz. Que me he quitado de recuerdos. Que sí, ostia, que sí. Pero que no me interesa. Que no me calientes, joder. Que ya pasará este maldito invierno. Que no me vengas con cuentos. Que de cuentos y moralejas también voy servido. Que no quiero más cantinelas.

Bueno, parece que ya está. Parece que todo está en calma. Bendita medicación. Bendito alcohol y bendito crujir el de las tarjetas. Ahora abrir la puerta y volver a salir. Como si no hubiese pasado nada. Que aquí ya no hay nada que ver. Que llevo mano ganadora y esta partida está más que ganada. Que ahora me enciendo un cigarro y no se percata ni Dios. Tú dame otro despiste y verás. Tú dame cuerda, y espera sentada. Que fijo me ves algún día volver. Pero será para volver a marcharme. O será para volver a perderme en tu reguero de migajas de pan. Será para reírme en tu cara el día menos pensado. Que suele ser siempre ayer.

Parece que no queda nadie. Parece que todo acabó. Que toca volver a casa haciendo escala en algún bar llenito de desconocidos de los de cada semana. Que huele a punto y final. Que más vale sólo, que nada. Que quien no llora, se engaña. Que vuelve a salir el Sol a calentar mi tejado. Que dice un señor, al que no había visto jamás, que es una mierda que sea lunes. Que, servidor, a estas horas perdidas es justo el momento que elige para meterse en la cama.

lunes, 9 de febrero de 2009

No somos nadie...

Nos educaron para ser alguien. Lo hicieron con toda su buena voluntad, pero nos convirtieron en perdedores. Colgaron frente a nosotros una zanahoria y nos animaron a correr sin parar. Ir corriendo a todas partes. Y ganar todas y cada una de esas carreras. Incluso cuando no había ningún adversario a nuestro alrededor. Pero somos unos perdedores. Y perdimos todas esas carreras. Incluso cuando no había ningún adversario a nuestro alrededor.

Nos educaron para ser alguien. Y ahora dormimos en el baúl de los títeres olvidados. No sabemos qué hacer ni qué decir si no hay una cuerda atada a nuestras extremidades. No encontramos la zanahoria que sigue durmiendo ante nuestros ojos. Unos ojos que, por el cansancio y la desidia, ya no sirven para ver nada. Ahora dormimos gracias al frasco de anestesias que preside nuestra mesita de noche, porque ya no somos capaces ni de dormir por nuestra propia cuenta. Porque tememos que se desmorone el techo que jamás acabaremos de pagar.

Nos educaron para ser alguien. Y ahora nos vemos amontonados en los bancos de un parque que pasó desapercibido para nosotros durante lustros. Ahora nos imponen un tiempo de solaz que somos incapaces de manejar. Ahora nos imponen un tiempo de ocio que somos incapaces de digerir. Ahora hundimos nuestro rostro entre nuestras manos y sólo sabemos sentir miedos. Ahora que no tenemos trabajo nos sentimos indefensos ante la vida. Porque nos enseñaron que cada uno somos lo que producimos para otro. Porque nos educaron para ser ese alguien al que nunca hemos conocido. Y esa carrera de obstáculos, por supuesto, también la hemos perdido.
Nos educaron para ser alguien. Y ahora ya es demasiado tarde para casi todo. Ahora que el miedo lo preside todo ya no sabemos dónde escondernos. Y buscamos respuestas a unas preguntas que el miedo formuló por nosotros. Buscamos, por todos los rincones, la zanahoria que nos convirtió en esclavos. Porque sin ella perdemos el rumbo. Sin esa guía nos parece casi imposible bailar.

Nos educaron para ser alguien. Y, algunos, rompimos la baraja. Algunos deambulamos por el mundo sin necesidad de una brújula en la que dejamos de confiar a muy pronta edad. Algunos sólo nos encomendamos a un Dios para demandarle que brotase algo de nuestro sexo en aquellas primeras caricias. Y, una vez obrado el milagro, condenamos a ese Dios al ostracismo más absoluto.

Nos educaron para ser alguien. Y, algunos, ya no queremos ser nadie. No queremos ser nadie. Nadie.

martes, 3 de febrero de 2009

Desequilibrios


Esperé, sentado en el único banco que hay en el andén, a la llegada y posterior salida del último tren del día. Cuando se fue tuve claro que la noche empezaba a campar a sus anchas bajo mis pies. Guardé mis dos manos en mis dos bolsillos y volví a entrar al bar. Un bar cualquiera de un pueblo cualquiera pero que tiene a bien permitir fumar en su interior cuando el último de los trenes de cada día pasa por la estación. Y, hasta que el humo puede dormir en un cenicero a mi lado, no ocupo mi taburete ni pido un quinto de cerveza para entretener la otra mano.

Esperé, sentado sobre un muro de piedra rodeado por una intensa niebla, la llegada de un nuevo día. Pude comprobar que los gallos suelen tener su reloj biológico en muy malas condiciones. Son mucho más fiables los ladridos de los perros que, a fuerza de insistir, acaban coincidiendo siempre, en un momento u otro, con la rotura del alba. Cuando el Sol se postró a mis pies entré en mi coche y me acerqué al bar para tomarme un carajillo. Como todas y cada una de las mañanas de este invierno que muestra sus fauces con tanta agresividad.

Y entre una cosa y la otra muy poco a destacar. No es sencilla la vida cuando uno no mira su reloj con el fin de prevenir un atasco. No es fácil ir y venir sin prisas. Todo requiere un cierto proceso para poder entender la realidad que nos rodea. Pese a que se esconda con demasiada frecuencia tras la niebla. Y, puede que debido a ese ínfimo detalle, nos pase completamente desapercibida. Pero, repito, no resulta una tarea sencilla aclimatarse al sosiego. No es fácil cuando se arrastra un ancla desde Ciudad Monstruo.

Hoy he decidido romperme por dentro. Lanzar al suelo las fichas y al cielo el tablero. Hoy engañaré a mi reloj, por enésima vez, y pasaré otra noche en blanco. Es la única forma que he aprendido para ajustarme a mis normas. La única opción viable para amoldarme a este mundo que transcurre a un ritmo diferente del mío. Esta noche no desharé la cama que nunca hago por las mañanas. Porque me he cansado de hacer la siesta después de la cena. Y porque sigo empeñado en no torcer el brazo que me amputaron hace ya demasiados años. Porque no quiero ser más ni menos, ni esperar nada ni menos. Porque me basta, en estos días tan fríos, con saberte para dejar de tiritar. Porque me basta, y eso no se lo he contado jamás a nadie, con dejar huir al tren que jamás he querido coger para seguir adelante.

domingo, 25 de enero de 2009

Urgencias


Cuando el cirujano dejó el corazón sobre la bandeja, de aséptico acero inoxidable, éste seguía latiendo. De igual forma que se agita la cola de una lagartija cuando un niño la separa de su cuerpo bruscamente. Ese corazón ya estaba acostumbrado a latir dentro de un cuerpo sin vida. Llevaba así décadas y décadas. No se podía decir lo mismo de los pulmones que, a paladas de alquitrán, hacía lustros que no servían para nada.

El cirujano remendó el agujero que había incrustado en el plexo solar de su paciente. Tiró sus guantes de látex a la papelera del quirófano y salió de allí con las dos manos hundidas en los dos bolsillos de su bata. En la sala de espera no esperaba nadie. Ese paciente llevaba ya demasiados años muerto en vida como para dejar el más mínimo atisbo de esperanza en nadie. Todos los que le conocieron le daban por muerto mucho antes de que él entrase en el hospital. De hecho lo estaba, pese a que su corazón refunfuñase y se empeñase en demostrar lo contrario bombeando a solas en una bandeja.

El paciente fue trasladado a una habitación compartida a la espera de que la anestesia abandonase su cuerpo. Y así fue. Pocos minutos después, el paciente, se vestía sosegadamente sentado en su cama de alquiler y salía a la calle. Salió de allí, como suele ser habitual, tan moribundo como entró. Su corazón se quedaba allí dentro. En aquella bandeja de acero inoxidable. Poco le importaba ese absurdo y minucioso detalle. No creía lo fuese a necesitar, ya que cuando lo tuvo jamás le supo dar un buen uso. Tan sólo la violenta cicatriz que atravesaba por completo su pecho le recordaba que un día allí dentro sentía su corazón latir.

El corazón estuvo latiendo mucho tiempo. Siempre con los latidos salvajes que un corazón cualquiera, que ha aprendido a buscarse la vida sin ninguna ayuda, sabe producir. Latidos sin dueño. Latidos sin ninguna misión que cumplir. Los latidos que dictan el ritmo de la monotonía que gobiernan estos mundos. Ese corazón sueña, y siempre ha soñado, con sentir el calor de la sangre atravesándolo. Puede que el latido acelerado de un amor que bombea con fuerza para ruborizar unas mejillas. Sístoles y diástoles capaces de detener el tiempo y de resucitar a un muerto.

En la sala de espera, y eso era de esperar, todo sigue igual. Nadie espera a nadie. Los muertos merodean por todas partes con la mirada perdida. Y nadie deposita las pocas esperanzas que les puedan quedar en esas gentes que ya no tienen nada que ofrecer. Nadie. Ni siquiera ellos mismos.

lunes, 12 de enero de 2009

La misma mierda de siempre

He reducido mi tiempo ante el televisor hasta el extremo de verlo entre parpadeo y parpadeo en los bares. Ya no quiero que esa maldita pantalla comparta conmigo sus noches en vela. Ni que me informe de todas las tropelías que asolan este Planeta Enfermo. Ya tengo bastante con mis mierdas, las de los demás que se las procesen ellos. Que parece tienen tiempo de sobras. Y yo ni tengo reloj ni quiero tenerlo.


Esta mañana, apoyado sobre la barra del bar más cercano a mi humilde morada, he visto tropas de asesinos rodeando Gaza. He visto esas imágenes post-nucleares fundidas en verde chillón que anuncian tormentas. Sin calmas previas. He visto la misma mierda de siempre esparcida por los mismos rincones de siempre. He visto bombas llover sobre niños a los que ya no les quedan ni sus llantos para poder abrigarse. He visto toda esa mierda por enésima vez. Y, acto seguido, he visto mil bocas que balbuceaban en tertulias de mierda dando su más modesta opinión.


He salido a la calle abrazado a mi cigarro y he oído a gentes posicionarse en uno de los dos bandos. He visto llevarse las manos a la cabeza a abuelas que aún recuerdan los ecos de las bombas que partieron sus vidas en dos. Y todo el mundo parece coincidir en que no son éstos días para estas mierdas. Que en la tierra prometida deberían saber guardar las composturas. Incluso ahora, pese a que jamás supieron hacerlo.


Me he metido en otro bar dejando a mis espaldas el frío. Y al otro lado de mi quinto de cerveza, la maldita televisión seguía con la misma cantinela. Le he visto los empastes a un energúmeno gritando que en la lucha contra el terrorismo todo vale. Que viva la guerra. Que viva el dolor. Que viva ese maldito olor a napalm que se te clava en la maldita pituitaria y que no hay forma de olvidar. Y que vivan las bombas y los ojos en blanco. Que ya está bien, joder. Que ellos son los buenos, y el resto (todos) los malos.


Yo, de toda esta mierda, lo único que saco en claro es que cada vez me dura menos un quinto de cerveza entre mis manos. Que me lo bebo a toda ostia para irme del bar a otro lado. A otro lado donde me coma por dentro el frío, pero donde no me sienta rodeado de gentes de ese calado. Que prefiero morirme en la calle que entre esa gentuza que me rodea. Que no me gustan las guerras. Menos aún cuando casi todos los muertos perecen en el mismo bando, porque eso ya no se llama guerra. A eso se le llama atentado.


Y cuanto más os conozco me siento más solo. Celebro cada segundo el hecho de estar quedándome sordo a pasos agigantados. Y me gustaría horrores que algún día, ese televisor que maldigo, me mostrase las calles de Palestina sin sangre. Palestina una mañana de mayo sin ruidos durmiendo a sus pies. Pero sé que esta noche volverá a morir. Y que, mañana, la volveré a ver agonizar en el bar.