A contraluz, como llegan a este mundo todas las cosas buenas, llegaste tú. Cuando nadie daba un duro por nadie, y cuando volver a empezar parecía infinitamente más sencillo que reparar todos los daños. Apareciste justo en medio del camino, y la arena del reloj dejó de gotear. De la misma exacta manera que deja de producir saliva una boca, cuando el avión que viene a bombardear a tu pueblo abre su vientre y muestra sus entrañas. Su tripa llena de las bombas que alguien creyó que eran la mejor de las opciones posibles, en pos de un futuro y nuevo amanecer para ti y para todos los tuyos. Sonríe.Supongo que desaparecerás de igual forma. Mientras los niños duerman. También supongo que si hubieses nacido serpiente habrías perdido tu diente mortal a muy pronta edad. Y, a modo de sucedáneo, escupirías tu veneno en todas direcciones hasta quedarte completamente sola en toda tu jungla. Llegaste a contraluz, y ahora todo parece un deja-vu que, por repetitivo y predecible, ni sorprende ni divierte. Ni tan siquiera sé quién eres. Ni pienso dedicar ni uno de esos granitos de arena a descubrirlo. Porque no es asunto mío. Porque los días, mi vida, yo los pinto y los destiño sin pensar en las posibles consecuencias. Porque los días, mi vida, yo ya los tengo todos invertidos en un mañana sin prisas. En un presente marchito que, como las heridas, sé que es bueno para mí y sé que me está curando por dentro porque me escuece como el mismísimo Infierno.
Ya no sé cómo decirte las cosas. No espero ni que las entiendas, ni que me ayudes a tejerlas. Me conformo con decirlas para limpiar mi conciencia. Limpiarla a ostias como si fuese una puta alfombra. Soltar un poco de lastre, y otro poco de amarre, para intentar conciliar el sueño un par de horitas. Por conciliar alguna cosa. Porque contigo ya ni lo intento. Contigo prefiero ir a la deriva. Prefiero mecerme entre las olas de lo previsible y lo habitual. Prefiero colocar un vaso entre mi oído y la pared y disfrutar de la amena charla de tus vecinos. De cientos de horas vacías e inocuas. Como el veneno de tu boca. Como ese diente que perdiste, nadie supo jamás dónde, y que tú siempre dijiste que nunca sirvió para nada.
Vuelve a sonar ese tic-tac que lo cubre todo. Afina el oído, mi vida. Que la Parca ha sacado billete, tan sólo de ida, hacia Ciudad Paraíso. Recoge tus cosas con calma. Que la prisa jamás fue buena compañera en tus juegos de cama. Yo esperaré donde siempre. Me esconderé por si acaso. No vayamos a perder esta partida, que siempre empezamos ganando, por un despiste de nada. No tengas miedo, mi vida. No llores más. Que mañana será otro día. Y el de hoy todo han sido, como siempre, mentiras.
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