Vuelve a lucir el Sol al otro lado de mis ventanales. Poco a poco voy consiguiendo que mi camarera habitual vaya comprendiendo que atrás dejo mis días de carajillos. Ella sigue sin tener el hielo de mi café preparado. Pero supongo que en un par de semanas estará perfectamente aleccionada para servirme uno sin rechistar. Vuelven mis días de sosiego con las mangas subidas, no vaya a ser que luego refresque y me deje fuera de lugar mi vestimenta. Vuelven a mi lado los días que un calendario estúpido se empeñó en pintar de negro, cuando son tan rojos como mi Sol. Mis vecinas insisten en que se está mucho mejor en la calle que en casa. Y yo, hoy, no pienso contradecirlas. Sería un imbécil si lo hiciese. Llevo ya casi cuarenta años ejerciendo de perro callejero, y hoy no voy a hacer una excepción. Paseo por las cuatro arterias escasas que dibujan en mi pueblo una malla tan sólo visible desde el cielo. Paseo sin ton ni son, procurando escoger los rincones más soleados. Procuro esquivar ese campanario que tan sólo sabe dibujar sombras alargadas sobre el suelo. Y, cuando consigo darle esquinazo, me siento sobre un muro de piedra para fumarme otro cigarro.
No suelo pensar en nada concreto. Tampoco suelo conservar por demasiado tiempo ese reguero de pensamientos inconexos. Me basta con poder disponer de esos tazones de tiempo soleados. Es más que suficiente para que cuelgue de mis labios una sonrisa perenne. El bosque va dejando a sus espaldas el óxido y, poco a poco, se va tiñendo todo de verde de nuevo. Justo en estos momentos recuerdo el enorme valor que le daba alguien a un ramo de flores. Lo poco que le importaba sostener entre sus dedos un puñado de flores inertes. Y lo poco que le importaba ser consciente de lo efímero de aquel momento. A mí, por el contrario, me importaban más las flores que su felicidad. Eso jamás se lo dije. Por eso, ella, supongo que sigue esperando la llegada a sus dedos de ese ramo de flores. Yo, por el contrario, espero que ella sea feliz. Lo merece tanto como las flores que nunca le llevé.
Sería de necios ceñir mi tiempo aquí sentado a lo que tarda en consumirse un cigarro. Y con el segundo pienso en que yo, en esta vida tan gris, he trabajado bien poco. Que sumando los años que he estado secuestrado, no contaríamos más de quince. Que, por un lado, me parecen muchos; y que, por otro, se los regalo. Que tan sólo espero no tener que volver a ejercer de esclavo. Que me he ido demasiado lejos como para volver a despertar para cumplir un horario que no me pertenece. Que, si no os importa, me voy a fumar, aquí y ahora, otro cigarro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario