domingo, 25 de enero de 2009

Urgencias


Cuando el cirujano dejó el corazón sobre la bandeja, de aséptico acero inoxidable, éste seguía latiendo. De igual forma que se agita la cola de una lagartija cuando un niño la separa de su cuerpo bruscamente. Ese corazón ya estaba acostumbrado a latir dentro de un cuerpo sin vida. Llevaba así décadas y décadas. No se podía decir lo mismo de los pulmones que, a paladas de alquitrán, hacía lustros que no servían para nada.

El cirujano remendó el agujero que había incrustado en el plexo solar de su paciente. Tiró sus guantes de látex a la papelera del quirófano y salió de allí con las dos manos hundidas en los dos bolsillos de su bata. En la sala de espera no esperaba nadie. Ese paciente llevaba ya demasiados años muerto en vida como para dejar el más mínimo atisbo de esperanza en nadie. Todos los que le conocieron le daban por muerto mucho antes de que él entrase en el hospital. De hecho lo estaba, pese a que su corazón refunfuñase y se empeñase en demostrar lo contrario bombeando a solas en una bandeja.

El paciente fue trasladado a una habitación compartida a la espera de que la anestesia abandonase su cuerpo. Y así fue. Pocos minutos después, el paciente, se vestía sosegadamente sentado en su cama de alquiler y salía a la calle. Salió de allí, como suele ser habitual, tan moribundo como entró. Su corazón se quedaba allí dentro. En aquella bandeja de acero inoxidable. Poco le importaba ese absurdo y minucioso detalle. No creía lo fuese a necesitar, ya que cuando lo tuvo jamás le supo dar un buen uso. Tan sólo la violenta cicatriz que atravesaba por completo su pecho le recordaba que un día allí dentro sentía su corazón latir.

El corazón estuvo latiendo mucho tiempo. Siempre con los latidos salvajes que un corazón cualquiera, que ha aprendido a buscarse la vida sin ninguna ayuda, sabe producir. Latidos sin dueño. Latidos sin ninguna misión que cumplir. Los latidos que dictan el ritmo de la monotonía que gobiernan estos mundos. Ese corazón sueña, y siempre ha soñado, con sentir el calor de la sangre atravesándolo. Puede que el latido acelerado de un amor que bombea con fuerza para ruborizar unas mejillas. Sístoles y diástoles capaces de detener el tiempo y de resucitar a un muerto.

En la sala de espera, y eso era de esperar, todo sigue igual. Nadie espera a nadie. Los muertos merodean por todas partes con la mirada perdida. Y nadie deposita las pocas esperanzas que les puedan quedar en esas gentes que ya no tienen nada que ofrecer. Nadie. Ni siquiera ellos mismos.

lunes, 12 de enero de 2009

La misma mierda de siempre

He reducido mi tiempo ante el televisor hasta el extremo de verlo entre parpadeo y parpadeo en los bares. Ya no quiero que esa maldita pantalla comparta conmigo sus noches en vela. Ni que me informe de todas las tropelías que asolan este Planeta Enfermo. Ya tengo bastante con mis mierdas, las de los demás que se las procesen ellos. Que parece tienen tiempo de sobras. Y yo ni tengo reloj ni quiero tenerlo.


Esta mañana, apoyado sobre la barra del bar más cercano a mi humilde morada, he visto tropas de asesinos rodeando Gaza. He visto esas imágenes post-nucleares fundidas en verde chillón que anuncian tormentas. Sin calmas previas. He visto la misma mierda de siempre esparcida por los mismos rincones de siempre. He visto bombas llover sobre niños a los que ya no les quedan ni sus llantos para poder abrigarse. He visto toda esa mierda por enésima vez. Y, acto seguido, he visto mil bocas que balbuceaban en tertulias de mierda dando su más modesta opinión.


He salido a la calle abrazado a mi cigarro y he oído a gentes posicionarse en uno de los dos bandos. He visto llevarse las manos a la cabeza a abuelas que aún recuerdan los ecos de las bombas que partieron sus vidas en dos. Y todo el mundo parece coincidir en que no son éstos días para estas mierdas. Que en la tierra prometida deberían saber guardar las composturas. Incluso ahora, pese a que jamás supieron hacerlo.


Me he metido en otro bar dejando a mis espaldas el frío. Y al otro lado de mi quinto de cerveza, la maldita televisión seguía con la misma cantinela. Le he visto los empastes a un energúmeno gritando que en la lucha contra el terrorismo todo vale. Que viva la guerra. Que viva el dolor. Que viva ese maldito olor a napalm que se te clava en la maldita pituitaria y que no hay forma de olvidar. Y que vivan las bombas y los ojos en blanco. Que ya está bien, joder. Que ellos son los buenos, y el resto (todos) los malos.


Yo, de toda esta mierda, lo único que saco en claro es que cada vez me dura menos un quinto de cerveza entre mis manos. Que me lo bebo a toda ostia para irme del bar a otro lado. A otro lado donde me coma por dentro el frío, pero donde no me sienta rodeado de gentes de ese calado. Que prefiero morirme en la calle que entre esa gentuza que me rodea. Que no me gustan las guerras. Menos aún cuando casi todos los muertos perecen en el mismo bando, porque eso ya no se llama guerra. A eso se le llama atentado.


Y cuanto más os conozco me siento más solo. Celebro cada segundo el hecho de estar quedándome sordo a pasos agigantados. Y me gustaría horrores que algún día, ese televisor que maldigo, me mostrase las calles de Palestina sin sangre. Palestina una mañana de mayo sin ruidos durmiendo a sus pies. Pero sé que esta noche volverá a morir. Y que, mañana, la volveré a ver agonizar en el bar.