
El cirujano remendó el agujero que había incrustado en el plexo solar de su paciente. Tiró sus guantes de látex a la papelera del quirófano y salió de allí con las dos manos hundidas en los dos bolsillos de su bata. En la sala de espera no esperaba nadie. Ese paciente llevaba ya demasiados años muerto en vida como para dejar el más mínimo atisbo de esperanza en nadie. Todos los que le conocieron le daban por muerto mucho antes de que él entrase en el hospital. De hecho lo estaba, pese a que su corazón refunfuñase y se empeñase en demostrar lo contrario bombeando a solas en una bandeja.
El paciente fue trasladado a una habitación compartida a la espera de que la anestesia abandonase su cuerpo. Y así fue. Pocos minutos después, el paciente, se vestía sosegadamente sentado en su cama de alquiler y salía a la calle. Salió de allí, como suele ser habitual, tan moribundo como entró. Su corazón se quedaba allí dentro. En aquella bandeja de acero inoxidable. Poco le importaba ese absurdo y minucioso detalle. No creía lo fuese a necesitar, ya que cuando lo tuvo jamás le supo dar un buen uso. Tan sólo la violenta cicatriz que atravesaba por completo su pecho le recordaba que un día allí dentro sentía su corazón latir.
El corazón estuvo latiendo mucho tiempo. Siempre con los latidos salvajes que un corazón cualquiera, que ha aprendido a buscarse la vida sin ninguna ayuda, sabe producir. Latidos sin dueño. Latidos sin ninguna misión que cumplir. Los latidos que dictan el ritmo de la monotonía que gobiernan estos mundos. Ese corazón sueña, y siempre ha soñado, con sentir el calor de la sangre atravesándolo. Puede que el latido acelerado de un amor que bombea con fuerza para ruborizar unas mejillas. Sístoles y diástoles capaces de detener el tiempo y de resucitar a un muerto.
En la sala de espera, y eso era de esperar, todo sigue igual. Nadie espera a nadie. Los muertos merodean por todas partes con la mirada perdida. Y nadie deposita las pocas esperanzas que les puedan quedar en esas gentes que ya no tienen nada que ofrecer. Nadie. Ni siquiera ellos mismos.
