jueves, 23 de abril de 2009

A escondidas...

Siento decirte, como siempre a escondidas, que te pierdes lo mejor de las cosas. Y siempre es por mi culpa, porque todo lo hago a escondidas. Cuando tú no me miras. No es exactamente por miedo, ni por cobardía. Es mi manera de hacer. Espero a que bajes los ojos para mirarte por dentro. Espero a que nadie me vea para mis juegos secretos. Y ha sido así desde que era pequeño. No es que me sienta culpable, es que me siento mejor. Es que me gusta marcar el ritmo que no tengo.

Te he visto, millones de veces, en cualquier barra de cualquier bar. Al pasar a tu lado he intentado perderme entre el aroma de tu perfume. Nunca te he dicho nada. Porque nunca me ha interesado. Me he tomado mi café con hielo a palmo y medio de tu regazo. Cuando te he visto despistada, te he mirado. Y cuando me estabas mirando me hacía el interesante y, si seguías mirando, acercaba mi mechero a otro maldito cigarro. Recuerdo el sonido de tu risa, recuerdo también con frecuencia tu desparpajo. Y ese acento en tu hablar, tan cerrado. Recuerdo poco si te soy sincero. Lo justo. Me bastan un par de datos.

Siempre me ha gustado tu caminar. Verte llegar despeinada. Y he contemplado, hipnotizado, como te bastan dos tirones y un lápiz para tejer el moño más perfecto con tus cabellos. Ocurre en cuestión de segundos, por eso las más de las veces me lo he perdido. Porque ese ritmo que te sucede, yo sería incapaz de seguirlo. Por eso vuelvo a fumar, y espero tu llegada de nuevo a cualquiera de los taburetes que me rodean. Por eso vuelvo a esperar el repicar de tus tacones entrando en cualquier bar, en cualquier sitio y en cualquier momento. Que nuestras citas no entienden de cifras concretas. Que nuestras citas, preciosa, las trajo y se las llevará el viento.
Si esta noche te veo, y vuelves a pedirme fuego, volveré a rozar con los míos tus dedos.


Considero que has de pagar ese impuesto. Espero no te moleste. Pero no soy capaz, y creo que no me apetece, pasar de nivel en tus juegos. Prefiero la placidez de volver a entrar en mi coche y saborear tu recuerdo. Prefiero esperar a mañana para volver a empezar. Porque no quiero que mueran tus mariposas de trapo. Porque no quiero dejar escapar la oportunidad, preciosa como tus ojos, de algún día decirte algo. Además, tu aliento ya me roba el sueño. Y, tantos cafés hoy, si quiero dormir un ratito no me parecen lo más adecuado.

Así pues, te espero mañana donde siempre. Tú sabes que es en ningún lado. Te espero mañana escondido tras doce bocanadas de humo. Sí, como siempre, a tu lado. Te espero mañana para volver a lanzar mi dado sobre la barra de cualquier bar, que es de aluminio barato y sueña con ser lingote de plata. Y espero que salga un siete, en mi maldito dado de seis caras. Ese día me acercaré a ti, y te haré saber que llevo tiempo esperando. Que llevo tiempo mirando cuando no miras. Que llevo tiempo tejiendo mentiras. Que me muero por dormirte entre mis brazos. A cualquier hora, de cualquier día.

jueves, 16 de abril de 2009

El Cerdo

Sabe el cerdo, por más que se empeñe en disimular, que vive y dedica todo su tiempo a encadenarnos. Sabe que fingiendo su complicidad se convierte en nuestro peor enemigo. Y sabe, también, que poco le importa ese estúpido detalle. Sabe que cuenta con nuestro silencio sin tener que ceder nada a cambio. Sabe que el miedo nos atenaza por dentro y que, difícilmente, nos rebelaremos ni contra él ni contra nadie. Sabe el cerdo lo que se trae entre manos. Y tú también lo sabes.

Sabe el cerdo espiarte a escondidas. Sabe aprovecharse de ti. Sabe poner en tus manos las responsabilidades que no tienes y que te cueste dormir. Sabe hacerte sentir importante. Sabe qué hacer de ti. Sabe hasta solventar los problemas que no tienes. Sabe solucionarte toda la mierda que él genera por ti. Sabe bombardear la casa que dices tener. Sabe sembrar todo su odio en una tierra que jamás sentiste tuya propia. Sabe matar y, desde muy pequeño, tú aprendiste a morir.

Sabe el cerdo que tiene de su parte a todos los ejércitos. Y sabe que sus perros guardianes están de su parte. Sabe que guarda en sus bolsillos ese sucio montón de dinero que puede convertir a cualquier rebelde en aliado. Y sabe, no te quepa la menor duda, que de un solo tijeretazo convertirá tu vida en ruina. Sabe reír a escondidas. También sabe cómo acabar con tus sueños. Sabe todas y cada una de las mentiras que engulles, entre migaja y migaja, sin reparar en los hechos.

Sabe el cerdo que todo va bien. Sabe que, por mucho que te preocupes, no hay nada que debas temer. Porque sabe que dispone de todo tu tiempo. Y porque sabe que si un día no te arrodillas a su paso, sabrá convencerte. Sabe darte todo lo que no necesitas para que sigas callado. Para que sigas jugando en una ruleta cargada de dobles ceros. Sabe ponerte a barrer. Sabe abrazarte, y que parezca sincero. Sabe ser tu angelito, y tu diablo. Y sabe hacer que, en un segundo, ese mundo de mierda que tanto valoras se venga abajo.

Sabe el cerdo, faltaría más, violarte cada una de las noches en las que dure tu sueño. Sabe sacar lo peor de ti en cada momento. Sabe, por saber que no quede, qué hacer con todo a lo que tú llamas basura. Sabe robarte de noche y de día. Sabe tu nombre y cada detalle de mierda que acontece en tu mierda de vida. Sabe cómo conseguir que valores sufrir. Sabe convencerte de que todo depende de ti. Sabe las mil maneras que existen de que creas que todo sigue igual, cuando una palabra como “todo” jamás serás capaz de entenderla.

jueves, 9 de abril de 2009

Cuando sea mayor...

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el que esconda los tesoros que no encuentro. O el medicamento caducado con el que cortan la mierda. Quiero ser el trocito de suelo que jamás he pisado, o el trocito de mar que no se cansa de dibujar olas aún cuando el viento es escaso. Quiero ser un chorrito de alcohol en tu boca. Y el trocito de papel arrugado que te escondieron en tu bolsillo cuando tu madre te hacía dos trenzas. Quiero ser otro día de lluvia. O una mañana de mayo. Quiero ser un juguete roto en manos de una niña sin prisa.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el botón de apagado de un despertador dormido. Quiero ser el filo de la navaja con la que rasuras tu sexo. Quiero ser el dolor que hoy no siento. Quiero ser el asiento del autobús que coges cada día a la misma hora en el mismo sitio. Quiero ser el espejo que nunca te muestra lo que no quieres ver. Quiero ser la almohada que, cada mañana, aparece tirada a los pies de tu cama. Quiero ser las migajas de tu cena que bendicen tu salón cada mañana soleada de domingo. Quiero ser un billete arrugado en un bolsillo agujereado.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser un elefante marino perdido en la selva. Quiero ser un ejecutivo agresivo que quema sus noches frente a una tragaperras de mierda. Quiero ser el cordero que huele el matadero cuando el camionero para a tomarse un café a medio camino. Quiero ser el reloj de fichar de una empresa cerrada por quiebra. Quiero ser un vasito de plástico lleno hasta la mitad de metadona y zumo de naranja barato. Quiero ser cualquiera de las baldosas de la sala de espera de un hospital. Quiero ser la sardina que duerme calmada dentro de una lata.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser el pastor que cree que sus perritos le obedecen siempre. Quiero ser el silbido que te hace girar en la calle. Quiero ser el cono que esquivas en la autovía un domingo a media tarde. Quiero ser otra cosa. Quiero ser diferente. Quiero ser el reloj de un preso. Quiero ser el poder del dinero. Quiero ser las alas de un águila que baja en picado a por su ración de comida. Quiero ser las manos del estrangulador de Boston. Quiero ser el penúltimo en la sucesión de tu corona. Quiero ser de otro mundo. Quiero ser barbecho.

De mayor quiero ser otra cosa. Quiero ser marioneta. Quiero ser el olor del pan recién hecho. Quiero ser el crepitar de la leña a mediados de enero. Quiero ser la primera ralla de un sábado cualquiera. Quiero ser la grapa que no cierra bien y que desparrama por el suelo todos tus renglones. Quiero ser la manga que te sobra cuando el Sol aparece sin previo aviso. Quiero ser el remite de la carta que siempre te hace sonreír. Quiero ser un brazo de gitano en manos de un diabético. Quiero ser el camino que ya nunca coges por si acaso es de vuelta.

sábado, 4 de abril de 2009

Trozos que no se pueden pegar

Con la única ayuda del rastro que deja la tinta sobre un folio en blanco, pongo fin a un triste día. Un día de esos, a los que hay que apagar el despertador para que duerman un rato más, uno de esos días, en el que los techos apenas levantan un palmo del suelo, y los charcos le llegan a uno hasta al cuello. Un día de los que amanecen heridos de muerte con el primer rayo de sol. Un día de los que ves escapar a toda prisa con su botín bajo el brazo. Un día de esos en los que te avergüenzas, por el simple hecho de haber reconocido tu voz al otro lado del teléfono. Un día, de los que necesitas pegar la cabeza a la ventanilla, y ver como todo queda atrás rápidamente. Un día de esos, en los que sale caro interpretar las miradas de tu alrededor, un mal día para llegar a casa con los objetivos incumplidos, un mal día para intentar arreglar los juguetes rotos.

Pero este día, también tiene fin y a la mañana siguiente, mientras tú duermes, será otro el que impaciente estará esperándote para cogerte de la mano. Será otro el que solape mis errores con los suyos propios, será otro el que te susurre al oído que todo va a cambiar. Entonces, no quedará más que subirse a la cuerda del trapecista e intentar llegar al otro lado. No quedará otra, que agarrarse fuerte a la conciencia y desprenderse de lo más querido.

Con la potestad que me da disponer de saldo en el móvil, hago esta última llamada de despedida. Suplico que no condenéis a mis espaldas, lo que habéis sido incapaces de reprocharme a la cara. Os pido que borréis todas las huellas que me inculpan en este desgraciado crimen, que recortéis todas las fotos en las que salgo sonriendo y que impugnéis mi corazón y luego, lo metáis a trozos en las urnas. Dejad los restos a los demás, ellos saben lo que tienen que hacer, porque es lo único que siempre han querido de mí.

Dad de comer mis consejos a los niños que corren por las calles, balbucead una y otra vez el nombre de ella, hasta que las palabras os quemen en la boca. Leed los ojos del vecino y preguntadle, si quiere revolver vuestra bolsa de basura un día más. Pintad en las paredes los árboles que os han robado, forzad las puertas de los parques y llevaos los únicos momentos de felicidad a casa.

Y al final, espero que como siempre ocurre, quede todo diluido, todo bajo una espesa capa de lodo sobre la que construir una leyenda más. Espero, que la autoridad competente sepa romper la urna de un mazazo. Que queden todos los trozos tirados encima de la mesa sin que nadie pueda jamás pegarlos.