lunes, 15 de junio de 2009

Pablo y Diego

Pablo era demasiado pequeño para casi todo. Aún así Pablo era uno de esos raros seres que, a muy pronta edad, se comportaba como un adulto. Pablo en el transcurrir de los partidos de futbol callejeros siempre procuraba ejercer de entrenador. O, si no era posible, de árbitro. Figuras, ambas, inexistentes en cualquier partido de fútbol que se precie. Ante la negativa de sus amigos, no le quedaba otra que jugar de portero. Y todos sus rivales, conocedores de su extrema madurez, sabían de antemano que no se tiraría al suelo para detener el balón ni una sola vez.

Pablo detestaba, y a regañadientes, que le peinase su madre frente al espejo. Él habría preferido lucir un aspecto más acorde a sus pensamientos. Pero mamá insistía una y otra vez en ese toque moderno tan en boga aquellos días. No hablemos ya de cuando su madre, con su propia saliva y la ayuda de un dedo, le limpiaba cualquier mancha de su rostro. A Pablo se le llevaban los demonios. Si acontecía en presencia de desconocidos la pataleta ya era de escándalo. Era, bajo esa presión externa, cuando Pablo dejaba clara su edad.

Diego, por el contrario, a la misma edad que Pablo ya apuntaba maneras de niño para el resto de su vida. Diego sumaba cicatrices y fracturas en su cuerpo todos y cada uno de los días del año. Era la imprudencia personificada. No dedicaba demasiado tiempo a pensar en las posibles consecuencias de ninguno de sus actos. Y así le lucía el pelo. Despeinado y arremolinado a partes iguales. Su peinado mostraba al mundo un terremoto de exacta magnitud al que acontecía dentro de su cabeza. Un caso clarísimo de adaptación al medio de las especies.

Diego sería el típico caso de adulto que parece gustar de reincidir en los mismos errores durante toda su vida. Ya sea por el mero placer de repetirlos, como por la imprudencia antes comentada. Jamás despuntaría en ninguna faceta durante toda su existencia, pero seguiría intentándolo de por vida. Exactamente por los mismos motivos que esgrimía para errar. Por placer. Y por imprudencia.

La vida, con sus innumerables piruetas y tirabuzones, se encargará de irles cediendo terreno. O puede que mordiéndole los tobillos. Eso el tiempo nos lo irá mostrando a su ritmo. Pablo parece tener prisa por saberlo. Diego siempre mira hacia otro lado. Han elegido caminos diferentes que, con toda certeza, conducen al mismo acantilado. Allí rendirán cuentas a quien consideren oportuno. Cuando llegue el momento, ambos, dispondrán de poco tiempo para ello. A sus espaldas una eterna sucesión de niños, con las manos cubriendo sus rostros, esperan su turno para hacer lo propio. Y la rueda sigue girando.

sábado, 6 de junio de 2009

Vayan a votar!

Vayan a votar. Dejen a un lado su timidez. Y sus prejuicios. Dejen de lado la pereza y la apatía. Y, ya que se ponen, dejen también a un lado la bulimia y la soberbia. Saquen a relucir su flamante ludopatía, porque la liebre de hierro ya da vueltas en círculo y los perros muestran a la grada la mayor de sus sonrisas. Apuesten sus monedas de cobre a su caballo ganador antes de que sea demasiado tarde. Vayan a votar, no se arrepentirán. Vayan y den lo mejor de ustedes mismos. Siéntanse útiles para esta sociedad que les mantiene encadenados. Vayan, no esperen más.

Vayan a votar. Vayan ya, no esperen al domingo. Vayan y cojan sitio para ser los primeros. No sea que se acaben las papeletas de su caballo ganador. Vayan y no teman el qué dirán. No se avergüencen si les reconoce un conocido. Vayan a jugar a la gran ruleta rusa que algunos han diseñado para usted. Los mismos que dedican su tiempo a salvaguardar su tierra. Y su persona. Los mismos que darán la cara por usted al primer contratiempo que le pueda surgir. Los suyos. Aquellos que edulcoran sus mentiras para que usted no se atragante viendo el telediario.

Vayan a votar todos los días. De lunes a domingo. Vaya antes a consultar el censo, no vaya a ser que se hayan olvidado de usted y le dejen con la miel en los labios. Vaya, y cuando nadie mire, introduzca media docena de votos en la urna. Haga estiramientos antes de ir, no le sorprenda una rampa en el último momento y se quede usted sin ejercer ese derecho universal por el que afirma haber luchado tanto. Vaya, no tenga miedo. Tan sólo vigile no llevarse una dentellada de los colmillos que asoman por la ranura de la urna. Vaya y diviértase.

Vaya a votar y luego compre el pan. Vaya y vuelva a casa con la sonrisa que sólo sabe lucir el ciudadano ejemplar que todos llevamos dentro. Vaya y deje atado el perrito en la puerta y así mata doce pájaros de un tiro. Salga de casa con el sobre en la mano y su brazo derecho erguido. Salga de casa con la papela entre los dientes y siéntase identificado y controlado en todo momento. No vaya a ser que le entre a usted unos de esos malos ratos que todos pasamos y le dé una patada a la primera papelera que se encuentre a su paso. Vaya a votar, joder. Que un día es un día.

Vaya a votar y así podrá quejarse a partir del día siguiente de cómo funciona todo. Vaya, santígüese e introduzca el sobre en la urna. Por ese orden a poder ser. Que no sería usted ni el primero ni el último que arroja el sobre, embutido de todas sus esperanzas, a la papelera que algún desalmado ha pateado hasta la extenuación. Vaya a votar, dese usted el gustazo. Vaya y dígale a sus domadores que pueden contar con usted. Vaya y atraviese el aro envuelto en llamas en cuanto oiga el ‘hop!’. Vaya a votar. Desahóguese usted. Vaya a votar. Eso sí, luego no nos venga lloriqueando con los bolsillos vacíos. No nos venga con esas mierdas. Que de eso, nosotros, andamos más que servidos.

martes, 2 de junio de 2009

Oficina de Objetos Perdidos

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un reloj para medir mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en ti. Porque no confío en ti. Porque tu forma de medir el tiempo no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La elasticidad de tus horas siempre la escupiste en mi contra. Cuando las quise eternas, no las vi pasar. Cuando las quise muertas, nunca tuvieron final.

Y ahora, sin tu consuelo, vivo mucho más feliz. Ahora, sin las dos agujas y sin tu corona, procuro medirlo todo sobre mi piel. Ahora, ni ayer ni mañana, siento que todo me pertenece un poquito más. Y siento, sobre todo, que pertenezco a cuanto me rodea un poquito más. Ahora las cosas se mecen con la calma, o el ajetreo, que marca mi baraja y todas sus trampas. Ahora, y ojalá dure para siempre, me encuentro mejor. Ahora voy, y vengo, sin guardar en mi cajita de terciopelo rojo borgogna el tiempo que perdí.

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un metro para medir mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en ti. Porque no confío en ti. Porque tu forma de medir el espacio no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La elasticidad de tus milímetros siempre la escupiste en mi contra. Cuando los quise escasos, no cupieron en mi boca. Cuando los quise lejos, los anclaste a mis pies.

Y ahora, sin esos malditos mapas, me siento cerca de todo. Ahora me siento seguro del suelo sobre el que piso. Ahora ya no temo que el cielo se desquebraje y caiga sobre mi cabeza. Ahora todo da vueltas en este tiovivo que duerme a mis pies. Ahora me siento cerca y lejos de ti, dependiendo de la inclinación de mi sombra. Se alarga a mediodía, hasta rozar de nuevo tu piel. Y se encoge, al llegar la noche, para guardar en mi bolsillo izquierdo todos y cada uno de tus secretos. Ahora voy, y vengo, sin guardar en mi cajita de terciopelo rojo borgogna los pasos que no di.

Cerré los ojos hace tiempo. Apreté mis dientes y te negué con las pocas fuerzas de las que disponía. Decidí no volver a utilizar jamás un espejo para observar mi vida. Y lo hice, y tú lo sabes mejor que nadie, porque no creo en mí. Porque no confío en mí. Porque tu forma de mostrar la realidad no se ajusta a mis deseos. Ni a mis placeres. Ni a mis temores, ni a mi dolor. La absurda crueldad de tu realidad siempre la escupiste en mi contra. Cuando me quise ver, no te busqué jamás. Cuando me quise esconder mostraste, a ese mundo de mierda, todo cuanto oculté.

Paraísos Prometidos

Le prometieron todo lo que durante toda su vida fue incapaz de imaginar siquiera. Le prometieron la más fresca de las frutas, y un colchón donde dormir. Le prometieron las sonrisas que los poderosos le robaron al nacer. La suya propia y la de toda su familia. Le prometieron satisfacer la venganza de todos cuantos murieron en el intento. Y el reconocimiento de su pueblo. Le prometieron un sinfín de vírgenes con los brazos abiertos. Y con las piernas abiertas. Le prometieron todo el placer que le arrancaron al nacer con aquel primer llanto infestado de ríos de petróleo y el aroma del napalm. Le prometieron un paraíso cuando su misión se cumpliese. Le prometieron que, con su muerte, florecerían todas las flores que hasta el momento dormían bajo los escombros y la metralla. Le prometieron que si enfundaba su frágil cuerpo con dinamita alcanzaría ese ansiado paraíso.

Le prometieron el fin de sus problemas, y el de todos aquellos a los que amaba. Le prometieron saciar su sed en aquel riachuelo que su abuelo, poco antes de morir, le aseguraba era el más cristalino de todos. Mientras enganchaban cientos de trozos de metralla y dinamita sobre su cuerpo, él ya sólo cerraba sus dos ojos con fuerza para ver su paraíso. Mientras todo el mundo le gritaba la dirección indicada para llegar a su edén, él ya no escuchaba más que sus propios latidos del corazón. Le prometieron un paraíso, y por eso entró en aquel cuartel que los asesinos habían construido junto a su casa. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.

Le prometieron que obtendría, todos y cada uno de los días de su vida, el montante total de sus deseo. Le prometieron, incluso, el montante total de todos sus absurdos caprichos. Le prometieron un sudor que justificaría sus logros. Y le prometieron también un agujero en el suelo en el que dormir plácidamente. Le prometieron que las estrellas velarían por sus sueños, y que ellas se encargarían de hacer desaparecer al día siguiente todos sus remordimientos. Que no quedaría ni rastro de ellos entre las arrugas de sus sábanas de seda. Le prometieron un mundo justo en el cual podría prosperar y obtener todos los frutos que desease. Le prometieron un paraíso presente en el que pasear sin fronteras ni temores. Le prometieron un paraíso en el cual no hubiese lugar alguno para los desheredados del mañana. Le prometieron un televisor, que crecería de tamaño cada día, para engullir todas las miserias que su propio paraíso engendrase en su interior.

Le prometieron un paraíso para sus seres queridos y por eso enfundó tres continentes con dinamita. Le prometieron ser feliz y por eso optó por cerrar los ojos antes las injusticias necesarias para sostener su bienestar. Le prometieron un paraíso, y dos manos para tapar sus oídos cuando cuatrocientos millones de niños esclavos llorasen. Le prometieron un paraíso, y por eso ahora su dedo reposa sobre un botón que hará volar por los aires, como cada amanecer de cada nuevo día, cientos de vidas inocentes. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.

Ese paraíso de mentira que dices disfrutar te ha convertido en un terrorista potencial. No defraudes jamás a los señores de la guerra. Sin ellos jamás ocuparás el lugar que mereces en ese (maldito) paraíso prometido con el que sueñas (cuando no duermes).