Le prometieron todo lo que durante toda su vida fue incapaz de imaginar siquiera. Le prometieron la más fresca de las frutas, y un colchón donde dormir. Le prometieron las sonrisas que los poderosos le robaron al nacer. La suya propia y la de toda su familia. Le prometieron satisfacer la venganza de todos cuantos murieron en el intento. Y el reconocimiento de su pueblo. Le prometieron un sinfín de vírgenes con los brazos abiertos. Y con las piernas abiertas. Le prometieron todo el placer que le arrancaron al nacer con aquel primer llanto infestado de ríos de petróleo y el aroma del napalm. Le prometieron un paraíso cuando su misión se cumpliese. Le prometieron que, con su muerte, florecerían todas las flores que hasta el momento dormían bajo los escombros y la metralla. Le prometieron que si enfundaba su frágil cuerpo con dinamita alcanzaría ese ansiado paraíso.Le prometieron el fin de sus problemas, y el de todos aquellos a los que amaba. Le prometieron saciar su sed en aquel riachuelo que su abuelo, poco antes de morir, le aseguraba era el más cristalino de todos. Mientras enganchaban cientos de trozos de metralla y dinamita sobre su cuerpo, él ya sólo cerraba sus dos ojos con fuerza para ver su paraíso. Mientras todo el mundo le gritaba la dirección indicada para llegar a su edén, él ya no escuchaba más que sus propios latidos del corazón. Le prometieron un paraíso, y por eso entró en aquel cuartel que los asesinos habían construido junto a su casa. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.
Le prometieron que obtendría, todos y cada uno de los días de su vida, el montante total de sus deseo. Le prometieron, incluso, el montante total de todos sus absurdos caprichos. Le prometieron un sudor que justificaría sus logros. Y le prometieron también un agujero en el suelo en el que dormir plácidamente. Le prometieron que las estrellas velarían por sus sueños, y que ellas se encargarían de hacer desaparecer al día siguiente todos sus remordimientos. Que no quedaría ni rastro de ellos entre las arrugas de sus sábanas de seda. Le prometieron un mundo justo en el cual podría prosperar y obtener todos los frutos que desease. Le prometieron un paraíso presente en el que pasear sin fronteras ni temores. Le prometieron un paraíso en el cual no hubiese lugar alguno para los desheredados del mañana. Le prometieron un televisor, que crecería de tamaño cada día, para engullir todas las miserias que su propio paraíso engendrase en su interior.
Le prometieron un paraíso para sus seres queridos y por eso enfundó tres continentes con dinamita. Le prometieron ser feliz y por eso optó por cerrar los ojos antes las injusticias necesarias para sostener su bienestar. Le prometieron un paraíso, y dos manos para tapar sus oídos cuando cuatrocientos millones de niños esclavos llorasen. Le prometieron un paraíso, y por eso ahora su dedo reposa sobre un botón que hará volar por los aires, como cada amanecer de cada nuevo día, cientos de vidas inocentes. Le prometieron un paraíso y ahora, arrodillado, muestra sus entrañas a su Dios. Le prometieron un paraíso y ahora el silencio que llena las tazas al amanecer ya no existe.
Ese paraíso de mentira que dices disfrutar te ha convertido en un terrorista potencial. No defraudes jamás a los señores de la guerra. Sin ellos jamás ocuparás el lugar que mereces en ese (maldito) paraíso prometido con el que sueñas (cuando no duermes).
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