sábado, 4 de abril de 2009

Trozos que no se pueden pegar

Con la única ayuda del rastro que deja la tinta sobre un folio en blanco, pongo fin a un triste día. Un día de esos, a los que hay que apagar el despertador para que duerman un rato más, uno de esos días, en el que los techos apenas levantan un palmo del suelo, y los charcos le llegan a uno hasta al cuello. Un día de los que amanecen heridos de muerte con el primer rayo de sol. Un día de los que ves escapar a toda prisa con su botín bajo el brazo. Un día de esos en los que te avergüenzas, por el simple hecho de haber reconocido tu voz al otro lado del teléfono. Un día, de los que necesitas pegar la cabeza a la ventanilla, y ver como todo queda atrás rápidamente. Un día de esos, en los que sale caro interpretar las miradas de tu alrededor, un mal día para llegar a casa con los objetivos incumplidos, un mal día para intentar arreglar los juguetes rotos.

Pero este día, también tiene fin y a la mañana siguiente, mientras tú duermes, será otro el que impaciente estará esperándote para cogerte de la mano. Será otro el que solape mis errores con los suyos propios, será otro el que te susurre al oído que todo va a cambiar. Entonces, no quedará más que subirse a la cuerda del trapecista e intentar llegar al otro lado. No quedará otra, que agarrarse fuerte a la conciencia y desprenderse de lo más querido.

Con la potestad que me da disponer de saldo en el móvil, hago esta última llamada de despedida. Suplico que no condenéis a mis espaldas, lo que habéis sido incapaces de reprocharme a la cara. Os pido que borréis todas las huellas que me inculpan en este desgraciado crimen, que recortéis todas las fotos en las que salgo sonriendo y que impugnéis mi corazón y luego, lo metáis a trozos en las urnas. Dejad los restos a los demás, ellos saben lo que tienen que hacer, porque es lo único que siempre han querido de mí.

Dad de comer mis consejos a los niños que corren por las calles, balbucead una y otra vez el nombre de ella, hasta que las palabras os quemen en la boca. Leed los ojos del vecino y preguntadle, si quiere revolver vuestra bolsa de basura un día más. Pintad en las paredes los árboles que os han robado, forzad las puertas de los parques y llevaos los únicos momentos de felicidad a casa.

Y al final, espero que como siempre ocurre, quede todo diluido, todo bajo una espesa capa de lodo sobre la que construir una leyenda más. Espero, que la autoridad competente sepa romper la urna de un mazazo. Que queden todos los trozos tirados encima de la mesa sin que nadie pueda jamás pegarlos.

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