
Esperé, sentado en el único banco que hay en el andén, a la llegada y posterior salida del último tren del día. Cuando se fue tuve claro que la noche empezaba a campar a sus anchas bajo mis pies. Guardé mis dos manos en mis dos bolsillos y volví a entrar al bar. Un bar cualquiera de un pueblo cualquiera pero que tiene a bien permitir fumar en su interior cuando el último de los trenes de cada día pasa por la estación. Y, hasta que el humo puede dormir en un cenicero a mi lado, no ocupo mi taburete ni pido un quinto de cerveza para entretener la otra mano.
Esperé, sentado sobre un muro de piedra rodeado por una intensa niebla, la llegada de un nuevo día. Pude comprobar que los gallos suelen tener su reloj biológico en muy malas condiciones. Son mucho más fiables los ladridos de los perros que, a fuerza de insistir, acaban coincidiendo siempre, en un momento u otro, con la rotura del alba. Cuando el Sol se postró a mis pies entré en mi coche y me acerqué al bar para tomarme un carajillo. Como todas y cada una de las mañanas de este invierno que muestra sus fauces con tanta agresividad.
Y entre una cosa y la otra muy poco a destacar. No es sencilla la vida cuando uno no mira su reloj con el fin de prevenir un atasco. No es fácil ir y venir sin prisas. Todo requiere un cierto proceso para poder entender la realidad que nos rodea. Pese a que se esconda con demasiada frecuencia tras la niebla. Y, puede que debido a ese ínfimo detalle, nos pase completamente desapercibida. Pero, repito, no resulta una tarea sencilla aclimatarse al sosiego. No es fácil cuando se arrastra un ancla desde Ciudad Monstruo.
Hoy he decidido romperme por dentro. Lanzar al suelo las fichas y al cielo el tablero. Hoy engañaré a mi reloj, por enésima vez, y pasaré otra noche en blanco. Es la única forma que he aprendido para ajustarme a mis normas. La única opción viable para amoldarme a este mundo que transcurre a un ritmo diferente del mío. Esta noche no desharé la cama que nunca hago por las mañanas. Porque me he cansado de hacer la siesta después de la cena. Y porque sigo empeñado en no torcer el brazo que me amputaron hace ya demasiados años. Porque no quiero ser más ni menos, ni esperar nada ni menos. Porque me basta, en estos días tan fríos, con saberte para dejar de tiritar. Porque me basta, y eso no se lo he contado jamás a nadie, con dejar huir al tren que jamás he querido coger para seguir adelante.
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