Nos educaron para ser alguien. Lo hicieron con toda su buena voluntad, pero nos convirtieron en perdedores. Colgaron frente a nosotros una zanahoria y nos animaron a correr sin parar. Ir corriendo a todas partes. Y ganar todas y cada una de esas carreras. Incluso cuando no había ningún adversario a nuestro alrededor. Pero somos unos perdedores. Y perdimos todas esas carreras. Incluso cuando no había ningún adversario a nuestro alrededor.Nos educaron para ser alguien. Y ahora dormimos en el baúl de los títeres olvidados. No sabemos qué hacer ni qué decir si no hay una cuerda atada a nuestras extremidades. No encontramos la zanahoria que sigue durmiendo ante nuestros ojos. Unos ojos que, por el cansancio y la desidia, ya no sirven para ver nada. Ahora dormimos gracias al frasco de anestesias que preside nuestra mesita de noche, porque ya no somos capaces ni de dormir por nuestra propia cuenta. Porque tememos que se desmorone el techo que jamás acabaremos de pagar.
Nos educaron para ser alguien. Y ahora nos vemos amontonados en los bancos de un parque que pasó desapercibido para nosotros durante lustros. Ahora nos imponen un tiempo de solaz que somos incapaces de manejar. Ahora nos imponen un tiempo de ocio que somos incapaces de digerir. Ahora hundimos nuestro rostro entre nuestras manos y sólo sabemos sentir miedos. Ahora que no tenemos trabajo nos sentimos indefensos ante la vida. Porque nos enseñaron que cada uno somos lo que producimos para otro. Porque nos educaron para ser ese alguien al que nunca hemos conocido. Y esa carrera de obstáculos, por supuesto, también la hemos perdido.
Nos educaron para ser alguien. Y ahora ya es demasiado tarde para casi todo. Ahora que el miedo lo preside todo ya no sabemos dónde escondernos. Y buscamos respuestas a unas preguntas que el miedo formuló por nosotros. Buscamos, por todos los rincones, la zanahoria que nos convirtió en esclavos. Porque sin ella perdemos el rumbo. Sin esa guía nos parece casi imposible bailar.
Nos educaron para ser alguien. Y, algunos, rompimos la baraja. Algunos deambulamos por el mundo sin necesidad de una brújula en la que dejamos de confiar a muy pronta edad. Algunos sólo nos encomendamos a un Dios para demandarle que brotase algo de nuestro sexo en aquellas primeras caricias. Y, una vez obrado el milagro, condenamos a ese Dios al ostracismo más absoluto.
Nos educaron para ser alguien. Y, algunos, ya no queremos ser nadie. No queremos ser nadie. Nadie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario