Tuvo que ser, obligatoriamente, pasada la medianoche. De lo contrario lo recordaría todo perfectamente. Y no es así. Todo forma parte de una laguna en la que hace lustros no se pone el Sol. Todo forma parte de un montón de recuerdos que, por motivos obvios, no he podido almacenar en mi cerebro. O donde quiera que se almacenen los recuerdos. Que bien pudiera ser un cerebro o un bolsillo. Que, ambos dos, tienen la misma función. Sea como fuere, me retorcí entre las arrugas de mis sábanas. Y sentí como me desgarraban la piel con cada uno de mis movimientos. Se llenó mi cama de reproches, perdones no perdonados, arrepentimientos, lágrimas, remordimientos y olvido. Y pasé las horas agarrado con fuerza con mis dos manos a mi sábana. Y con los dedos de los pies encogidos. Fuera de mi cama tan sólo quedaron mis zapatillas y el zumbido de la radio escondido tras un par de escupitajos de noticias que no me interesan.
Y cada vez que cerraba mis ojos, se abrían mis miedos. Y cada vez que cerraba mis miedos, mis ojos se abrían buscando una salida que, mucho me temo, no deja de ser una entrada más de este laberinto sin fin. Y, con la guerra perdida de antemano, no tuve mejor opción que levantarme a prepararme otro café. Y lo que tenga que llegar, llegará. Y, cuando llegue, que se ponga a bailar junto al cascabeleo de la cucharilla que ha nacido para disolver terrones de azúcar.
Sorbí mi café, mezclándolo con bocanadas de nicotina, apoyado sobre una de las muchas paredes que pueblan mi casa. Cuando una casa es tan grande, uno nunca sabe dónde situarse. Cuando una casa es tan grande, uno desearía descansar un rato en la confortabilidad de un ataúd. Aunque tan sólo fuera para no tener que reptar de un lado a otro buscando la baldosa más cómoda. Aunque tan sólo fuera por reconocerse en cada pliegue de cemento. Aunque tan sólo fuera un ratito de nada.
Tras una semana espléndida bajo un Sol que ya casi no recordaba, ahora el tiovivo se ha encargado de llevarme de paseo. De cogerme de su mano de acero y regalarme esa cadencia de la que creía haber escapado. Tras una semana de sonrisas, mis calles se han vuelto a pintar de color sepia. Y ahora, de nuevo, vuelvo a sentir la incapacidad de frenar mis pensamientos. Nunca he sabido, y creo nunca aprenderé. Me cuesta horrores desconectarme, y ya lo he probado todo. Creo.
Hoy he vuelto a pasear por el bosque chutando todo lo que encontraba a mi paso. Hoy he vuelto a casa con mis dos manos en mis dos bolsillos, y con esa terrible sensación de estar preparado para todo en un lugar en el que jamás pasa nada. Un lugar en el que lo poco que sucede se convierte en extraordinario. Pero no lo es. Un lugar, que no me va a quedar otro remedio, que labrar con mis propias manos. Y hoy me duelen. Me duelen por dentro y por fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario