jueves, 26 de marzo de 2009

Vicios

Podría pasarme todas las horas que le he robado al reloj haciendo mil piruetas. Y dando docenas y docenas de volteretas entre cada renglón de mi existencia. Podría esconderme ahora mismo y nadie me encontraría antes de la hora del aperitivo. Podría llamar a alguien, elegido al azar dentro de la agenda de mi teléfono, y esperar a oír su voz para colgar. Creo que podría ubicar en el tiempo cada uno de mis recuerdos, uniéndolos a una cifra de un calendario, en base a mis adicciones. Puede que con todos los vicios a los que he guardado fidelidad, y que me han otorgado su dulce reciprocidad, me baste para iniciar y finalizar cada voltereta de mi existencia.

Acaricio, cada uno de mis vicios,
como si el mañana me esperase en un columpio.
Como si fueran tesoros que un tren, llamado destino,
disfrazase de luz y deseo.

Enciendo y apago una luz,
igual que el faro que grita en silencio sus noches.
Me faltan dedos para contar mis pecados,
me faltan bolsillos para mis manos, y me sobran las voces que juzgan mis actos.

Amante voraz de vicios, drogas, adicciones y placeres.
Esquivo miradas, reproches, castigos y a ti.
Me pierdo buscando un neón que me indique donde se esconde el siguiente escalón.
Y bendigo el crujido que siempre salta desde mi cartera hasta el fondo de mi sinrazón.

Soy, y mantengo erguida mi cabeza,
reincidente en todos y cada uno de mis vicios por pura naturaleza.
De los placeres dulces, por el puro placer de sentirme culpable de antemano.
De los placeres dulces, y de los amargos por si acaso.

jueves, 19 de marzo de 2009

¿Estás ahí?

Tuvo que ser, obligatoriamente, pasada la medianoche. De lo contrario lo recordaría todo perfectamente. Y no es así. Todo forma parte de una laguna en la que hace lustros no se pone el Sol. Todo forma parte de un montón de recuerdos que, por motivos obvios, no he podido almacenar en mi cerebro. O donde quiera que se almacenen los recuerdos. Que bien pudiera ser un cerebro o un bolsillo. Que, ambos dos, tienen la misma función.

Sea como fuere, me retorcí entre las arrugas de mis sábanas. Y sentí como me desgarraban la piel con cada uno de mis movimientos. Se llenó mi cama de reproches, perdones no perdonados, arrepentimientos, lágrimas, remordimientos y olvido. Y pasé las horas agarrado con fuerza con mis dos manos a mi sábana. Y con los dedos de los pies encogidos. Fuera de mi cama tan sólo quedaron mis zapatillas y el zumbido de la radio escondido tras un par de escupitajos de noticias que no me interesan.

Y cada vez que cerraba mis ojos, se abrían mis miedos. Y cada vez que cerraba mis miedos, mis ojos se abrían buscando una salida que, mucho me temo, no deja de ser una entrada más de este laberinto sin fin. Y, con la guerra perdida de antemano, no tuve mejor opción que levantarme a prepararme otro café. Y lo que tenga que llegar, llegará. Y, cuando llegue, que se ponga a bailar junto al cascabeleo de la cucharilla que ha nacido para disolver terrones de azúcar.
Sorbí mi café, mezclándolo con bocanadas de nicotina, apoyado sobre una de las muchas paredes que pueblan mi casa. Cuando una casa es tan grande, uno nunca sabe dónde situarse. Cuando una casa es tan grande, uno desearía descansar un rato en la confortabilidad de un ataúd. Aunque tan sólo fuera para no tener que reptar de un lado a otro buscando la baldosa más cómoda. Aunque tan sólo fuera por reconocerse en cada pliegue de cemento. Aunque tan sólo fuera un ratito de nada.

Tras una semana espléndida bajo un Sol que ya casi no recordaba, ahora el tiovivo se ha encargado de llevarme de paseo. De cogerme de su mano de acero y regalarme esa cadencia de la que creía haber escapado. Tras una semana de sonrisas, mis calles se han vuelto a pintar de color sepia. Y ahora, de nuevo, vuelvo a sentir la incapacidad de frenar mis pensamientos. Nunca he sabido, y creo nunca aprenderé. Me cuesta horrores desconectarme, y ya lo he probado todo. Creo.

Hoy he vuelto a pasear por el bosque chutando todo lo que encontraba a mi paso. Hoy he vuelto a casa con mis dos manos en mis dos bolsillos, y con esa terrible sensación de estar preparado para todo en un lugar en el que jamás pasa nada. Un lugar en el que lo poco que sucede se convierte en extraordinario. Pero no lo es. Un lugar, que no me va a quedar otro remedio, que labrar con mis propias manos. Y hoy me duelen. Me duelen por dentro y por fuera.

jueves, 12 de marzo de 2009

Flores, un Sol y cigarros

Vuelve a lucir el Sol al otro lado de mis ventanales. Poco a poco voy consiguiendo que mi camarera habitual vaya comprendiendo que atrás dejo mis días de carajillos. Ella sigue sin tener el hielo de mi café preparado. Pero supongo que en un par de semanas estará perfectamente aleccionada para servirme uno sin rechistar. Vuelven mis días de sosiego con las mangas subidas, no vaya a ser que luego refresque y me deje fuera de lugar mi vestimenta. Vuelven a mi lado los días que un calendario estúpido se empeñó en pintar de negro, cuando son tan rojos como mi Sol.

Mis vecinas insisten en que se está mucho mejor en la calle que en casa. Y yo, hoy, no pienso contradecirlas. Sería un imbécil si lo hiciese. Llevo ya casi cuarenta años ejerciendo de perro callejero, y hoy no voy a hacer una excepción. Paseo por las cuatro arterias escasas que dibujan en mi pueblo una malla tan sólo visible desde el cielo. Paseo sin ton ni son, procurando escoger los rincones más soleados. Procuro esquivar ese campanario que tan sólo sabe dibujar sombras alargadas sobre el suelo. Y, cuando consigo darle esquinazo, me siento sobre un muro de piedra para fumarme otro cigarro.

No suelo pensar en nada concreto. Tampoco suelo conservar por demasiado tiempo ese reguero de pensamientos inconexos. Me basta con poder disponer de esos tazones de tiempo soleados. Es más que suficiente para que cuelgue de mis labios una sonrisa perenne. El bosque va dejando a sus espaldas el óxido y, poco a poco, se va tiñendo todo de verde de nuevo. Justo en estos momentos recuerdo el enorme valor que le daba alguien a un ramo de flores. Lo poco que le importaba sostener entre sus dedos un puñado de flores inertes. Y lo poco que le importaba ser consciente de lo efímero de aquel momento. A mí, por el contrario, me importaban más las flores que su felicidad. Eso jamás se lo dije. Por eso, ella, supongo que sigue esperando la llegada a sus dedos de ese ramo de flores. Yo, por el contrario, espero que ella sea feliz. Lo merece tanto como las flores que nunca le llevé.

Sería de necios ceñir mi tiempo aquí sentado a lo que tarda en consumirse un cigarro. Y con el segundo pienso en que yo, en esta vida tan gris, he trabajado bien poco. Que sumando los años que he estado secuestrado, no contaríamos más de quince. Que, por un lado, me parecen muchos; y que, por otro, se los regalo. Que tan sólo espero no tener que volver a ejercer de esclavo. Que me he ido demasiado lejos como para volver a despertar para cumplir un horario que no me pertenece. Que, si no os importa, me voy a fumar, aquí y ahora, otro cigarro.