viernes, 27 de febrero de 2009

Se despistó un almendro...

Elevó sus ramas a escasos metros del suelo tu almendro. Abrió sus yemas para mostrar sus encantos al Sol. Se despistó tu almendro. Y, cuando se lo conté a mis almendros, inundaron mis valles con sus carcajadas. Y lloraron lágrimas pegajosas de resina. Se despistó un almendro y mostró sus encantos prematuramente. Alguien, durante su invierno, le marcó las cartas. Y ahora muestra todos sus encantos fuera de temporada. Le regalaron los oídos con una primavera que no acude jamás a su cita antes de tiempo. Se despistó tu almendro y para él ya es tarde cuando, para el resto, sus primaveras están por llegar.

Enjaularon a tu almendro con paredes de hormigón hace ya mucho tiempo. Y ahora muestra y esconde sus flores sin saber que se cuece al otro lado de sus barrotes. Engañaron a tu almendro, y él os tiene a todos engañados. Afiláis las pupilas cuando pasáis a su vera, pero tu almendro os miente y el invierno aún muestra sus colmillos afilados al otro lado de la jaula.

Poco se puede esperar en Ciudad Monstruo a estas alturas. Poco se puede esperar de unas tierras que han perdido su rumbo. Y, por extensión, de un almendro que ha perdido sus frutos. Alquitranaron nuestras mañanas para acercarnos al miedo. Para llevarnos, todos en fila, a donde no queremos ir cuando nos despertamos. Pero jamás despertamos. Ni despertaremos. Podrían arrancarnos los ojos y poner en su lugar sus almendras de mentira, y todo seguiría inmerso en la misma rutina.

Se despistó tu almendro, Niña. Jugó a dibujar primaveras de cartón piedra que las lluvias de febrero convirtieron en llantos. Jugó con el tiempo y, eso, ya sabes que es lo más sagrado. Ahora el invierno muestra sus fauces violento. Como siempre. Y, durante sus noches, tu almendro llora por dentro. Esconde sus flores marchitas del viento. Esconde toda su belleza por miedo.

Mañana, Niña, acaricia ese almendro. Apoya tus manos sobre su corteza, dale consuelo. Que todo es tan gris ahí afuera. Que todo es cemento. Todo tan muerto. Dile que mis almendros le añoran. Dile que aquí sigue anclado el invierno. Pero que en pocas lunas florecerán de nuevo. Dile que cuando vuelvan sus miedos busque cobijo en sus cielos. Que muestre orgulloso su error a esta mierda de pueblo. Que grite durante la noche que le cuesta respirar este aire viciado sin dueño. Dile que dicen mis almendros que huya de Ciudad Monstruo. Dile que tanto alquitrán y tanto cemento son demasiados lastres. Se despistó tu almendro. Se despistó este mundo tan necio.

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