Pablo era demasiado pequeño para casi todo. Aún así Pablo era uno de esos raros seres que, a muy pronta edad, se comportaba como un adulto. Pablo en el transcurrir de los partidos de futbol callejeros siempre procuraba ejercer de entrenador. O, si no era posible, de árbitro. Figuras, ambas, inexistentes en cualquier partido de fútbol que se precie. Ante la negativa de sus amigos, no le quedaba otra que jugar de portero. Y todos sus rivales, conocedores de su extrema madurez, sabían de antemano que no se tiraría al suelo para detener el balón ni una sola vez.Pablo detestaba, y a regañadientes, que le peinase su madre frente al espejo. Él habría preferido lucir un aspecto más acorde a sus pensamientos. Pero mamá insistía una y otra vez en ese toque moderno tan en boga aquellos días. No hablemos ya de cuando su madre, con su propia saliva y la ayuda de un dedo, le limpiaba cualquier mancha de su rostro. A Pablo se le llevaban los demonios. Si acontecía en presencia de desconocidos la pataleta ya era de escándalo. Era, bajo esa presión externa, cuando Pablo dejaba clara su edad.
Diego, por el contrario, a la misma edad que Pablo ya apuntaba maneras de niño para el resto de su vida. Diego sumaba cicatrices y fracturas en su cuerpo todos y cada uno de los días del año. Era la imprudencia personificada. No dedicaba demasiado tiempo a pensar en las posibles consecuencias de ninguno de sus actos. Y así le lucía el pelo. Despeinado y arremolinado a partes iguales. Su peinado mostraba al mundo un terremoto de exacta magnitud al que acontecía dentro de su cabeza. Un caso clarísimo de adaptación al medio de las especies.
Diego sería el típico caso de adulto que parece gustar de reincidir en los mismos errores durante toda su vida. Ya sea por el mero placer de repetirlos, como por la imprudencia antes comentada. Jamás despuntaría en ninguna faceta durante toda su existencia, pero seguiría intentándolo de por vida. Exactamente por los mismos motivos que esgrimía para errar. Por placer. Y por imprudencia.
La vida, con sus innumerables piruetas y tirabuzones, se encargará de irles cediendo terreno. O puede que mordiéndole los tobillos. Eso el tiempo nos lo irá mostrando a su ritmo. Pablo parece tener prisa por saberlo. Diego siempre mira hacia otro lado. Han elegido caminos diferentes que, con toda certeza, conducen al mismo acantilado. Allí rendirán cuentas a quien consideren oportuno. Cuando llegue el momento, ambos, dispondrán de poco tiempo para ello. A sus espaldas una eterna sucesión de niños, con las manos cubriendo sus rostros, esperan su turno para hacer lo propio. Y la rueda sigue girando.





