viernes, 15 de mayo de 2009

Mentiras

A contraluz, como llegan a este mundo todas las cosas buenas, llegaste tú. Cuando nadie daba un duro por nadie, y cuando volver a empezar parecía infinitamente más sencillo que reparar todos los daños. Apareciste justo en medio del camino, y la arena del reloj dejó de gotear. De la misma exacta manera que deja de producir saliva una boca, cuando el avión que viene a bombardear a tu pueblo abre su vientre y muestra sus entrañas. Su tripa llena de las bombas que alguien creyó que eran la mejor de las opciones posibles, en pos de un futuro y nuevo amanecer para ti y para todos los tuyos. Sonríe.

Supongo que desaparecerás de igual forma. Mientras los niños duerman. También supongo que si hubieses nacido serpiente habrías perdido tu diente mortal a muy pronta edad. Y, a modo de sucedáneo, escupirías tu veneno en todas direcciones hasta quedarte completamente sola en toda tu jungla. Llegaste a contraluz, y ahora todo parece un deja-vu que, por repetitivo y predecible, ni sorprende ni divierte. Ni tan siquiera sé quién eres. Ni pienso dedicar ni uno de esos granitos de arena a descubrirlo. Porque no es asunto mío. Porque los días, mi vida, yo los pinto y los destiño sin pensar en las posibles consecuencias. Porque los días, mi vida, yo ya los tengo todos invertidos en un mañana sin prisas. En un presente marchito que, como las heridas, sé que es bueno para mí y sé que me está curando por dentro porque me escuece como el mismísimo Infierno.

Ya no sé cómo decirte las cosas. No espero ni que las entiendas, ni que me ayudes a tejerlas. Me conformo con decirlas para limpiar mi conciencia. Limpiarla a ostias como si fuese una puta alfombra. Soltar un poco de lastre, y otro poco de amarre, para intentar conciliar el sueño un par de horitas. Por conciliar alguna cosa. Porque contigo ya ni lo intento. Contigo prefiero ir a la deriva. Prefiero mecerme entre las olas de lo previsible y lo habitual. Prefiero colocar un vaso entre mi oído y la pared y disfrutar de la amena charla de tus vecinos. De cientos de horas vacías e inocuas. Como el veneno de tu boca. Como ese diente que perdiste, nadie supo jamás dónde, y que tú siempre dijiste que nunca sirvió para nada.

Vuelve a sonar ese tic-tac que lo cubre todo. Afina el oído, mi vida. Que la Parca ha sacado billete, tan sólo de ida, hacia Ciudad Paraíso. Recoge tus cosas con calma. Que la prisa jamás fue buena compañera en tus juegos de cama. Yo esperaré donde siempre. Me esconderé por si acaso. No vayamos a perder esta partida, que siempre empezamos ganando, por un despiste de nada. No tengas miedo, mi vida. No llores más. Que mañana será otro día. Y el de hoy todo han sido, como siempre, mentiras.

martes, 5 de mayo de 2009

He perdido otro tren...

Hoy he vuelto a perder el tren. Han sido dos, para ser exactos. Y en ninguno de los dos casos he pretendido correr. Hoy he preferido vagar por los andenes, que escupen pasajeros hacia la calle, a contracorriente. Hoy ha sido otro día cualquiera, en una ciudad de mierda, que sigue jugando a mostrar sus colmillos disfrazados de dulces caricias. Hoy no he querido correr, para ir a ninguna parte. Hoy me he sentado a esperarte, en ese banco del mismo andén, por si la suerte venía a buscarme. Hoy he dejado pasar vagones, y trenes, y gentes, y tiempo. Hoy he recordado tus besos. Tus ojos. Tus gestos.

Hay días en los que el ocio lo preside todo. Y esos son los días que pinto en mi calendario. Hoy duermo mis codos a cada lado de un quinto dorado. Y escupo mis charlas a gentes sin rostro que ya he olvidado. Me refugio en cualquier rincón de Ciudad Monstruo para esconderme del viento. Me escondo de todos menos de mí. Me rindo, y la guerra aún no ha acabado. Me rindo porque esta guerra no es para mí. Porque no entiendo de sus batallas. Porque prefiero vivir. Aunque sea sin ti. Aunque sea sin mí.

He bajado todos los peldaños de esta espiral de caracol. Y, justo en el fondo de mi abismo, te he vuelto a encontrar. En el mismo banco del mismo andén. En el mismo vagón del mismo tren que he preferido perder. Con el mismo traqueteo de las mismas ruedas sobre las mismas vías. Con el mismo vaivén de pasajeros sin rostro que, ambos dos, fingimos no ver. Otra vez a solas. Y otra vez en silencio. Otra vez esos malditos sueños que martillean mi mente y que no intento ni comprender.

¿Por qué no te vas de mi lado? ¿Por qué no te alejas de mí? ¿Por qué esta mierda de ciudad que me aterroriza nunca duerme? ¿Por qué los trenes ya no nos interesan? ¿Por qué ese maldito letrero que indica la salida miente una y otra vez? ¿Y por qué ya nadie se ruboriza? ¿Por qué tú prefieres volver? Si ya no merece la pena. Si no queda nada de ayer. Si hoy sólo vuelan cenizas en ese túnel de noche, que nos espera a derecha e izquierda, y que jamás coincidimos en cual de ambos caminos deberíamos decidirnos a coger.