martes, 25 de noviembre de 2008

Ya no hay tiempo


Lo dejé todo para mañana, sin ser consciente del todo, y vivo en un hoy perpetuo que me obliga a hacer y deshacer maletas cada vez que sale y se esconde el Sol respectivamente. Por eso le he puesto un cordel a mi cepillo de dientes y lo he atado a mi muñeca izquierda. Y, por eso también, me peino en los portales de gentes a las que no conozco. Por eso me lavo la cara en los charcos, y por eso he dejado mis zapatos atados al collar de aquel perro que ahora, por más que le grito, no atiende a razones.

Lo dejé todo para mañana, y ahora cierro con el alambre del Pan Bimbo otra bolsita de amargura. Porque hay cosas que no se pueden dejar para mañana, ni pedirles citas con adelanto. Que el placer no atiende a razones, ni a relojes. Que el placer, bendito sea, acude al bolsillo siempre en dosis más pequeñas de las deseadas. Y que hoy se obstruye el rulo que siempre va de mano en mano, por no esperar a mañana. Por no querer volver a rendir cuentas a este Sol de invierno al que acusan de absentismo laboral.

Lo dejé todo para mañana, con la infantil intención de que el mañana no se presente nunca ante mí. Puse un palo en la rueda del tiempo, y salí corriendo de casa. Metí mi nariz en la nieve y, a partir de entonces, ya no había nada más que ver. Por eso luego metí mi nariz en la niebla y le pedí a mis zapatos que me llevasen hasta tu bar. Cuando me viste leíste todas mis intenciones menos una. Yo leí todas tus miradas, y tu televisor todas sus mentiras.

Lo dejé todo para mañana, y hoy no hay quién salga de la cama. Desde que me he exiliado a este banco de este parque cada vez me cuesta más irme a dormir. Y cada vez me cuesta más despertar. Desde que me fui no dejo de volver. Y arrastro mis zapatos por los mundos que nadie sabe que existen. Por esos mundos que nadie te cuenta para que no te arranques los pelos a tirones. Esos mundos en los que se amontonan las carreteras y las botellas, siempre medio llenas, como las Lunas.

Lo dejé todo para mañana, y mañana Dios dirá. Hoy fumo mi vida con calma, y paseo pisando los charcos que dejó en mis barrios la lluvia de ayer. Nunca vacío el cenicero por tener algo que hacer. Me he montado mi propia empresa de llenar y vaciar, una tras otra, tacitas blancas de café. No me afeito. No te llamo. Y no sé muy bien por qué. Supongo que no sé ni qué decirte. Ni idea, no lo sé.

Lo dejé todo para mañana porque hoy, cuando anochezca, me sentaré frente a tu jaula y roeré otro ratito tus barrotes. Porque me duele, a mí, esa jaula que tú no ves. Me duelen tus prisas y el olor de tus mentiras. Me duele saberte así. Fumo también tus recuerdos, pero esos siempre en el balcón. Para que se pierdan entre la niebla, que es donde quieren dormir. Donde quieren morir. Entre la niebla de hoy. Entre la niebla, tú y yo.

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