domingo, 16 de noviembre de 2008

Retrovisores


Volvió a salir el Sol en mi rincón. Quedan atrás los días de aquaplanning y las ventanillas subidas. Vuelvo a mirar mis dos retrovisores sin achinar mi mirada. El otro, el retrovisor central sigue jugando a minimizar los daños tras de mí. Y me gusta que así sea. Me gusta, desde que era un crío, la sensación de avanzar a través de mi carretera. Me gusta perder de vista un puñado de árboles y que, los que me quedan por atravesar, se acerquen a toda velocidad. Me ayuda a sentirme vivo. Me ayuda a sobrevivir.

Os mentiría si os dijese que me rodeo de bonanzas climáticas. Hasta el más necio podría sentir en su paladar el regusto acíbar de la mentira. Pero sí que es cierto que sé apreciar las caricias de este Sol de invierno que asoma tímido tras las montañas. Sé buscar su calor y sé disfrutar de todas y cada una de sus caricias. Sé perderme y encontrarme, ambas dos en su justa medida. He aprendido, tarde pero he aprendido, a mecerme en brazos de la calma. Y el frío suele ser un buen aliado en estas lides. El frío te empuja a salir a la calle. El frío te arrastra a movilizarte para poder entrar en calor.

Desgajo este puñado de renglones antes de que los americanos voten por nosotros. Antes de que alguien al otro lado del charco nos diga quién es el nuevo Dios. Escribo estas líneas escasos minutos después de que mi televisor me diga que este país no ha estado peor en toda su historia. He de decir también que los cronistas de este país se basan en que no trabajar es la mayor de las desdichas. Además no saben que mi madre ha hecho croquetas. Dato que, para ellos, puede que sea del todo prescindible, pero que a mí me alegra el día.

Se empeñan, los de siempre, en rebuscar datos de ayer para cotejarlos con los de hoy. Se empeñan, los de siempre, en anotar en sus cuadernos todos los datos de hoy a la espera de que el nuevo Dios les prenda fuego. El día que los de siempre se den cuenta de que muchos llevamos miles de años en crisis, bajará la cifra de parados y aumentará la de suicidios.

Todo ese reguero de cifras endemoniadas también es pasto de mis retrovisores. Todas ellas menguan a mi lado. Hasta desaparecer a mi espalda. Nunca tuve demasiado presente mi pasado. Y no tengo edad ya para llevar a cabo cambios tan bruscos. Llevo un mes cambiando muebles de sitio y ya estoy un poco hasta los cojones. No creo que sea el momento de cambiar mis tiempos verbales. Casi mejor me voy a dar una vuelta con mi cámara de fotos. Que ha vuelto a salir el Sol en mi rincón.

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