
Desdibujé la última de mis sonrisas para enmarcarla. Un fugaz recuerdo que multiplicaré como lo haría un Apóstol ocioso un domingo de lluvia en su sofá celestial. Sacudiré las migajas que anidan sobre mis ropas, para darte un futuro prometedor. Para darte mil sueños que cumplir. Me encargaré personalmente de edulcorar todas y cada una de tus mañanas, para sacarte de la jungla de tus sábanas entre caricias de algodón.
Agitaré en el interior de mi puño cerrado el dado que dicta tus días. Y reza. Reza cuanto sepas para que vuelva a salir un siete en este maldito dado de seis caras. Reza porque, de no ser así, besaré tu frente para congelar tus suspiros. Besaré tu frente por última vez, y venderé todos tus miedos en el mercado de las mentiras. Tiraré tus huesos a esa jauría de perros rabiosos que aúlla tras tu ventana. Luego cabalgaré por tus venas hasta arrancarte de cuajo la lengua. Y ahora escucha ese sonido, cariño. ¿Lo oyes? El dado ya da vueltas sobre la mesa.
Me arrodillé ante ti para regar tus pies. Para sentarme a tu lado y para verte crecer. Guardé en tus bolsillos, mientras dormías, las estrellas que lloraste ayer. Ya no te volverán a hacer falta. Prometo cuidar tus desdichas y vomitar toda mi luz sobre tu cuerpo. Te prometo la fidelidad que no guardé nunca para mí. Prometo no despertarte cuando atraviese tu selva sin necesidad de volver. Y, ahora que lo recuerdo, guardé también en tus bolsillos aquella vieja brújula que ya no quiero entender. Que yo, como mi niña de cabellos rojizos, también tengo más que de sobras con orientarme bajo el cielo de tu piel.
El dado sigue jugando. Sigue bailando sobre tu mesa. Tus ojos siguen sus pasos, y yo (por si te interesa) recojo en silencio tus llantos, tus noches en vela, y aquella alfombra de pelo largo roja que fue testigo en silencio de tanto. Cuenta hasta cinco y cierra tus ojos. Que sea lo que haya de ser. Que poco caminaríamos hoy juntos si nos anclásemos en el ayer. Que poco me importa ese montón de recuerdos si ya no te vuelvo a ver. Que sí, que tuvo su gracia, lo sé. Pero igual que no tengo el pasado muy presente, tampoco quiero tener muy presente el futuro. Y me podría conformar con verte dormir, aunque tan sólo fuese por el enorme placer que supone esperar hasta verte despertar junto a mí.
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